Chilpancingo, Gro., a 22 de septiembre de 2013

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A Mochitlán la envolvió el agua. Se quedó atrapada por los desbordamientos de los ríos Salado y Huacapa. Lo que era un recorrido de 20 minutos desde Chilpancingo, se convirtió en una accidentada travesía de más de tres horas por rutas alternas, por el paso de la tormenta tropical “Manuel”. La población ha pedido ayuda humanitaria y sólo la había recibido vía aérea por parte del Ejército, pero en un gran esfuerzo, hasta allí llegaron las brigadas de la Secretaría de Desarrollo Social (Sedesol).

Acceder a esta población de casi 10 mil habitantes resulta imposible por la vía habitual, pues se cayeron tres puentes y ahora hay que rodear por Tixtla, seguir a Chilapa y tomar la desviación a la comunidad de El Durazno, para de ahí seguir por una brecha hasta Zacatzonapan. Es un camino de terracería lacerado por el intermitente flujo de agua que baja de la montaña.

Los habitantes de Mochitlán no pueden salir para ir a Petaquillas o a Chilpancingo para abastecerse de insumos básicos. Los ríos mordieron la carretera, los terrenos, y arrasaron los sembradíos de maíz, jicama y cacahuate, que son los cultivos tradicionales.

Pero el agua no se detuvo. Avanzó hacia las casas y arrasó con todo lo que encontró a su paso: automóviles, lavadoras, televisiones, vacas y pollos.

El único enlace natural para la gente de la región era Coatomatitlán, pero el agua también se llevó el puente. Sin embargo, en cuanto descendió el nivel del agua, los vecinos colocaron una hamaca para armar un puente colgante, a través del cual pudo llegar, poco a poco, la ayuda humanitaria de la Sedesol.

“Desde hace 30 años no llovía así aquí. Mire hasta donde subió el agua, casi siete metros”, cuenta el “Güero”, como lo conocen los vecinos, mientras avanza con pasos desafiantes sobre el puente, cargando sobre los hombros un costal de arroz. Debajo, la fuerza del río forma olas, golpea su furia contra el borde y se va sin nada que lo detenga. En cuanto se alcanza la orilla, muchas manos ayudan a descargar y a a subir todo a las camionetas.

Encabezadas por el subdelegado de Desarrollo Social y Humano de la Delegación de la Sedesol en Guerrero, José Manuel Armenta, las brigadas llevan arroz, frijol, aceite, harina de maíz, atún, sardinas, aceite, pasta para sopa, leche en polvo, vasos y platos de unicel, agua embotellada, papel, jabón, cereal, y cobijas. Todo, en apego a las instrucciones de la titular de la Sedesol, Rosario Robles Berlanga, de que ninguna familia afectada quede sin recibir atención oportuna y adecuada.

Mientras toma un descanso y con el antebrazo se limpia el sudor, Don Amancio Carranza López cuenta la tragedia que han vivido desde el 15 de septiembre, cuande de tanta lluvia no tuvieron ni fiesta de la Independencia.

“No paraba de llover. De día y de noche. Ya se escuchaba el retumbo del río. Y de pronto “¡Ahí viene!”, y vimos que comenzaba a meterse a los sembradíos de la orilla. Pero no hicimos grande caso, porque para el campesino la lluvia es la novia del campo; nunca le hacemos feo”, cuenta.

Los brigadistas siguen cruzando por la hamaca-puente, trayendo y llevando. Don Amancio retoma su charla: “Todo se fue poniendo más feo. La radio comenzó a decir que iban a soltar las presas de Chilpancingo y de Tixtla, y eso para nosotros es muy peligroso, porque nos iba arrastrar el agua. Por eso acordamos que se tocarían las campanas para alertar a todos.

Y ¿va usted a creer? A la una de la mañana del domingo sonaron las campanas de la iglesia y todos salimos corriendo para un lugarcito que conocemos como Monte Alegre y otros para El Calvario. Por fortuna, nada más fue el susto”.

Se reanuda el recorrido en las camionetas. Hay que llevar la ayuda a las familias. La carretera está cortada por el cauce del Huacapa. Ya se hizo tarde. Se escucha cómo se desplaza el agua entre las llantas de las camionetas.

“Muchas partes siguen inundadas”, cuenta el Güero, al pasar frente al Bachilleres 34 y poco antes de llegar a la secundaria José María Morelos y Pavón, los dos albergues donde se atiende a 500 personas damnificadas de Mochitlán y alrededores.

Al llegar, elementos del 41 Batallón de Infantería reciben a los brigadistas de la Sedesol. El Ejército ha estado desde el primer momento con la población afectada por las lluvias. Se muestran sorprendidos por el arribo de las camionetas de la Sedesol con ayuda humanitaria.

“¿Cómo llegaron aquí?”, es la primera pregunta, que da paso a una ola verde olivo que descarga los productos que se llevan. Por hoy, el objetivo se ha cumplido: llegar a una comunidad donde están los que más necesitan de la ayuda.

Hasta antes de que llegaran las brigadas de la Sedesol, a Mochitlán sólo había acceso vía aérea. Así llegaron los elementos del Ejército mexicano, por helicóptero. La gente de los albergues celebra el gesto, aplaude, siempre cálida, siempre dispuesta.

Es un momento de encuentro, de convivencia, que nunca cae mal en estos momentos. Después, el regreso se hace por un camino enfangado, casi imposible, pero todos regresan con el orgullo del deber cumplido, convencidos de que siempre existirá una ruta alterna para llegar a la población que lo requiere. De eso se trata el compromiso y solidaridad con los que menos tienen, con quienes producen nuestros alimentos pero que, por hoy, les tocó pasar “la de malas”.