Secretario José Antonio Meade Kuribreña: Muy buenas tardes. Me da mucho gusto reunirme con esta gran comunidad, con esta que es mi comunidad.

Hacerlo acompañando a Alejandro Maffuz estrenarse como presidente del Consejo Directivo del Centro Libanés, y hacerlo todavía en tiempo de volverle a desear a Sayedna Antonio Chedrauoi, mi tocayo, mi amigo, un feliz cumpleaños que recién acaba de festejar, cumpleaños número 84 y 50 años de aniversario de que, después de que por tres veces le pidieron que viniera a México y él dijo que no, ya la cuarta se lo instruyeron y yo estoy seguro que él y nosotros somos mejores gracias a eso.

Muchas felicidades, todavía, y feliz cumpleaños.

Agradezco mucho el compartir con el Obispo, con el padre George Saad, con quien estamos ya comprometidos ir a misa ahora el 21 de febrero, en donde esperamos encontrarnos de nuevo a muchos de todos ustedes.

Estoy muy contento de hacerlo aquí, en el Centro Libanés, que es su principal punto de encuentro y nuestro principal punto de encuentro.

Le pregunté a Daniel Caram, porque la primera vez que vine yo a una comida en reconocimiento a una figura de esta comunidad fue a él, que cuál debía ser el estándar y él me dijo que eran más o menos 45 minutos por cada desempeño.

Entonces, después consulté con Mariano González Zarur y me dijo que no, que era bastante más breve, que lo de Daniel había sido particular por la mucha historia que la vinculaba al Centro Libanés.

Hace menos de un año, como decía Alejandro, como dijo Jorge, concluía un viaje, concluimos juntos un viaje de trabajo a Líbano que fue yo creo uno de los momentos más emotivos, más emocionantes de mi gestión como canciller, no solamente porque nos permitió reunirnos con un país entrañable para México, con una comunidad entrañable también para México, sino la primera oportunidad para encontrarme de primera mano con los que fueron mis raíces.

En ese viaje me obsequiaron un árbol genealógico de la familia y en él había un breve texto que me parecía muy afortunado y decía: “No importa qué tan lejos lleguen las ramas de este cedro, sus raíces estarán siempre firmemente establecidas en el Líbano.”

Varios de los aquí presentes me acompañaron en aquella visita. Yo creo que nos la pasamos a todo dar, además de una oportunidad para conocer directamente los retos que enfrenta hoy el Líbano, un país de cuatro y medio millones de habitantes, que ha recibido dos millones de personas desplazadas.

Quiero expresar a quienes participaron en aquellas jornadas en aquel viaje mi gratitud por su contribución al fortalecimiento de las relaciones entre México y Líbano.

Muchas gracias al Centro Libanés por haber sido parte de ese viaje, de ese reencuentro, y por darle seguimiento a esa agenda de trabajo que desde ahí se pactó.

Ese rasgo de entusiasta participación caracteriza a la comunidad mexicana de origen libanés. Al mismo tiempo, un profundo amor por México y un gran cariño por el país del que migraron nuestros mayores.

A finales del Siglo XIX empezaron a llegar a suelo mexicano los primeros migrantes libaneses que dejaban su patria, en ese momento bajo el dominio del imperio otomano, para buscar nuevos horizontes y un mejor destino.

No es coincidencia la facilidad con que se integraron a la sociedad mexicana. Las costumbres sociales, la amabilidad de su gente y hasta las tradiciones gastronómicas hermanaron a aquellos inmigrantes con la cultura y la gente de México.

Los primeros migrantes libaneses abrieron brecha para quienes llegaron después. Todos ellos se integraron sin reserva a su nueva patria y gradualmente prosperaron en el comercio. Se aventuraron en la industria e incursionaron en cada ámbito de la vida de las comunidades en las que se establecieron.

Mi bisabuelo, Antonio Kuri, es ejemplo de ello. Salió de Líbano a causa de la persecución contra los cristianos maronitas.

Llegó primero a Argentina, de ahí partió hacia Veracruz. A su llegada preguntó por la ciudad más próspera de México y quién sabe con qué criterio, pero las respuestas lo llevaron a Zacatecas.

En esa ciudad se estableció, conoció a mi bisabuela, que por cierto, también se llamaba Juana, entonces ahí empieza ya a haber un patrón familiar que se repite y formó una familia.

Él plantó entonces ese árbol del que hoy mis hijos y sobrinos son las ramas más verdes y llenas de promesas.

Aquellos inmigrantes, como mi bisabuelo, se esforzaron porque sus hijos aprendieran español, conocieran y amaran a México, sin por ello olvidar sus raíces libanesas.

Estoy seguro que esta fue la experiencia de muchas de las familias de quienes están hoy aquí.

Mi abuelo, José Kuribreña, zacatecano, fue un producto, fue un hombre de múltiples talentos en diversas artes y ciencias. Tuvo un profundo respeto a la tierra de origen de sus padres y un cariño entrañable a la tierra en que nació y se formó.

Quizás alguno de ustedes lo recuerde porque en varias ocasiones expuso su obra en las salas de este centro. Lo hizo para ubicar un poco el tiempo, en la época en que era presidente del Centro Antonio Saad, y montó la exposición Aída Jury.

El Centro Cultural desde entonces ha albergado obras también de mi madre y de mi esposa. Entonces se ha vuelto en un referente también artístico para la familia que mucho agradecemos.

Mi abuelo ejerció sin duda sobre mí una gran influencia. Me inculcó disciplina y sentido del deber, pero también pasión por la cultura y el arte. Leía este fin de semana un libro que me recomendara mi padre sobre Reyes Heroles y Federico Reyes Heroles, cuando hablaba de su padre, decía: “Vivió de su trabajo como servidor público y en paralelo construyó un universo de gozo.”

Mi abuelo recomendaba siempre tener una vida intelectual y espiritual alterna. Él le llamaba “vocaciones alternas” respecto de las vocaciones permanentes, como la profesión, y nos invitaba a que persiguiéramos esas vocaciones temporales.

Con ese antecedente alguna vez fuimos con él a Metepec para visitar a los artesanos que hacían los árboles de la vida, encargó uno y le pidió a los artesanos que en él influyeran cuatro elementos, una escultura, reproducción de la suya, un nopal, en memoria de las tunas que le gustaban de Zacatecas, el título de su licenciatura en Derecho, en la Libre de Derecho, y un cedro para recordarse, justamente, en su origen libanés.

Como mi abuelo, son muchos los mexicanos de su origen libanés que han sido ejemplo de esfuerzo y compromiso. Por cierto, si quisieran seguir profundizando en Zacatecas, habrían que leer la obra de Daniel Kuribreña, cuyo hijo aquí está y que escribió con mucho cariño de esa comunidad, muchas gracias Daniel por haberme acompañado.

Muchos de estos mexicanos de origen libanés han establecido empresas que se la juegan por México, empresas que pagan sus impuestos, y son de los pocos que lo puedo decir con conocimiento de causa, empresas que generan salarios dignos y seguridad social para millones de mexicanos. Otros muchos defienden las mejores causas con su actitud solidaria hacia los más vulnerables, como lo demuestran los múltiples proyectos sociales que se impulsan desde sus organizaciones y fundaciones, y algunos como yo, han incursionado en la vida pública con el propósito de contribuir al desarrollo y al bienestar de México.

Por aquí han pasado muchos de esos mexicanos de origen libanés. Cuando uno prendía la luz en una comunidad rural se veía la mano de Tito Elías. Cuando uno iba al doctor, el sexenio pasado, se veía la mano, la pasión, el compromiso con los mejores parámetros internacionales de Daniel Karam. Cuando uno ya habla de la Reforma Educativa, al centro está un mexicano que ha construido muchas instituciones como Emilio Chuayffet, cuando uno ve hoy la Reforma Energética, al centro está el esfuerzo de Pedro Joaquín Coldwell.

Hoy encabeza la lucha contra el Zika, Mercedes Juan, o conduce los destinos de Tlaxcala, Mariano González Zarur; son muchos los mexicanos de origen libanés que han hecho su vocación permanente el servicio público.

Hoy, haciendo eco de lo que decía Jorge al principio, vengo de nuevo al Centro Libanés, a hablar con quienes están ocupados para volver a pedir su solidaridad y su apoyo, para que juntos construyamos un mejor país. Ese sigue siendo nuestro mayor reto.

Hoy todavía en México hay un número inaceptable de compatriotas que viven en condiciones de pobreza, una pobreza que nos lastima y que nos ofende a todos, detrás de ella hay rostros, historias de familia cuyo destino, como en su momento, comprendieron nuestros abuelos y bisabuelos puede y debe de ser distinto, puede y debe ser mejor y creo que esta comunidad, que ama la libertad y la dignidad humana, que es ejemplo de trabajo y de superación, tiene mucho que aportar a la construcción de un México más justo, incluyente y próspero.

Gibran Jalil Gibran, para quien la pobreza era a la vez prueba del espíritu y fuente de sabiduría abrigaba en anhelo de superarla de una vez por todas, en la voz del maestro escribió: “las generaciones venideras aprenderán del dolor y de la pobreza una lección de amor e igualdad”.

Muchos de los mexicanos hoy, muchos de nuestros compatriotas, han tenido ese duro aprendizaje de dolor y pobreza. Es hora entonces de crear las condiciones de igualdad y de amor al prójimo que anunció Gibran.

El destino de México es nuestro destino, esta es nuestra casa y es nuestro deber hacerla más hospitalaria y más influyente para todos. No podremos transformar a México sin la participación de todos, gobierno, sociedad civil, empresarios, ciudadanos, cada uno aportando lo mejor desde su trinchera.

Quisiera para terminar referir de nuevo unos pasajes del poeta que resumen lo que se espera de nosotros. Él decía, “hay algunos que dan poco de lo mucho que poseen y lo seden ostentosamente, pero su oculto deseo hace de sus dádivas obsequios sin valor, hay algunos que tienen poco y lo dan todos estos son que creen en la vida y en la generosidad de la vida y su arca jamás se encuentra vacía, hay algunos que dan con placer y ese placer es su recompensa, y hay algunos que dan con dolor y este dolor es un autismo, pero hay algunos que dan y al dar no sienten dolor ni buscan placer y dan por apremio a la virtud, dan como el valle el mirto que impone su fragancia en el ambiente, a través de las manos de estos habla Dios y a través de sus ojos él sonríe sobre la faz de la tierra”.

Estos son los miembros de la comunidad mexicana de origen libanés, esta familia vibrante, solidaria, unida, pendiente de los retos de México a la que estoy profundamente orgulloso de pertenecer. Cada vez que cambio de chamba, Juana se avienta una novela a San Charbel, y con cargo a ella me ha ido muy bien, porque acá todos somos devotos del santo patrono.

Muchas gracias, muy buenas tardes.

 



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