Expreso mi gratitud a la Foreign Policy Association, por el reconocimiento con que me ha distinguido.

Por casi un siglo, esta Asociación se ha consolidado como uno de los centros de reflexión sobre asuntos internacionales más relevantes de los Estados Unidos y, sin duda, el más prominente en Nueva York.

Recibo esta distinción, en nombre de un país que hoy está en plena transformación, y cuyos logros son resultado del esfuerzo colectivo de los mexicanos.

A partir de un gran acuerdo nacional con las principales fuerzas políticas, pudimos concretar, en los últimos cuatro años, un amplio y profundo conjunto de reformas estructurales, que, estoy convencido, transformarán a México en los próximos años.

Hace poco más de 25 años, la firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte representó para México otro profundo cambio estructural, con el que se incrementaron exponencialmente las oportunidades económicas y de desarrollo entre nuestros dos países.

Ahora, las reformas que estamos poniendo en acción en México, constituyen una renovada plataforma para profundizar estos vínculos comerciales y ampliar la integración entre nuestras sociedades.

Ante este nuevo escenario, quiero transmitirles mi convicción, de que la relación entre Estados Unidos y México es esencial para el progreso y bienestar de ambas naciones.

Es una relación forjada durante siglos, representada por miles de familias binacionales y más de un millón de cruces fronterizos regulares de personas, cada día.

Es una relación entre dos culturas que se enriquecen mutuamente, en su infinidad de expresiones artísticas y culturales.

Nuestras naciones son producto del esfuerzo de dos sociedades asentadas en tierras limítrofes, y que han ido convergiendo, para construir una relación sólida y de respeto, basada en valores compartidos.

Nuestras grandes figuras así lo determinaron. Abraham Lincoln señaló que: “esta Nación había sido concebida en libertad y dedicada a la propuesta de que todos los hombres han sido creados iguales”; mientras que el Presidente Benito Juárez, afirmó que: “entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz”.

Los dos se refieren a relaciones entre individuos, basadas en la libertad, la igualdad y el respeto.

Sobre estos principios y valores compartidos, en 1909, William Howard Taft fue el primer mandatario estadounidense en hacer una Visita Oficial a México.

Desde la Segunda Guerra Mundial ─cuando mi país se comprometió, junto con los países Aliados, a la lucha contra el fascismo─ todos los presidentes de Estados Unidos −demócratas y republicanos− han visitado México.

Tan sólo durante mi mandato, el Presidente Barack Obama y yo nos hemos reunido en 9 ocasiones.

Reconozco al Presidente Obama su liderazgo y convicción, para crear un clima de respeto, entendimiento y confianza mutua entre ambos países.

Gracias a estos encuentros y a millones más −entre actores políticos, económicos y sociales de ambos países−, hoy la interrelación entre Estados Unidos y México es intensa, amplia y permanente.

La contribución de los migrantes mexicanos a este gran país resulta particularmente destacable.

Se estima que en Estados Unidos, hay 35.5 millones de personas de origen mexicano; de las cuales un tercio son migrantes y más de 20 millones, son mexicanos de segunda y tercera generación.

Esta gran comunidad contribuye diariamente, con su trabajo y creatividad, al desarrollo y bienestar de Estados Unidos y México.

Mi prioridad como Presidente, y la de mi gobierno, es proteger a los mexicanos, donde quiera que se encuentren. Es asegurar que se respeten sus derechos.

John F. Kennedy contaba que el gran estudioso originario de Brooklyn, Oscar Handlin, quiso escribir la historia de los inmigrantes en Estados Unidos, sólo para darse cuenta de que “los inmigrantes son la historia de Estados Unidos”.

Además, entre Estados Unidos y México hay una sólida relación institucional, que va más allá de las administraciones en turno.

Los gobiernos de ambos países hemos construido mecanismos de cooperación e integración, que se han ido consolidando y perfeccionando durante décadas.

Basta señalar que todos los días, las agencias estadounidenses y mexicanas intercambian información y coordinan acciones en favor de la seguridad de ambos países.

Nuestros vínculos institucionales −hay que decirlo con toda claridad−, están por encima de cualquier coyuntura.

Ante el proceso electoral en este país, reafirmo mi compromiso institucional, de trabajar de manera respetuosa y constructiva, con quien los ciudadanos estadounidenses elijan el próximo 8 de noviembre.

La historia demuestra que Estados Unidos y México siempre han sido s fuertes, más seguros y más prósperos cuando trabajan juntos; cuando ambos países contribuyen al éxito del otro.

Y si esto era cierto hace 22 años −cuando entró en vigor el TLCAN−, ahora −en el competido siglo XXI− es vital para ambas economías.

En el pasado, las narrativas de alcance global eran pocas y bien definidas. Existía el enfrentamiento ideológico entre capitalismo y comunismo; lo mismo que el debate entre apertura y aislamiento.

Hoy, las causas que logran aglutinar a millones de personas, son más variadas y de signo diverso: desde la lucha contra el cambio climático y el combate a la pobreza, hasta los movimientos racistas y el radicalismo terrorista.

Al mismo tiempo, los actores no-estatales −como empresas multinacionales, medios de comunicación, organizaciones de la sociedad civil, e incluso grupos delictivos transnacionales− inciden, cada vez más, en la agenda global.

Los desafíos de nuestra era trascienden las fronteras físicas y desafían las barreras culturales. En definitiva, ninguna nación o sociedad −por poderosa que sea−, puede por sí sola, encarar los retos del siglo XXI.

En este contexto, para que Estados Unidos mantenga e incremente su posición como actor global preponderante; y para que al interior pueda seguir creciendo y creando empleos, la integración y cooperación con México son una necesidad de primer orden.

Hay que verlo con toda objetividad: nuestros intercambios económicos bilaterales han generado empleos y oportunidades, en ambos lados de la frontera.

De acuerdo con distintas estimaciones, aproximadamente 6 millones de empleos estadounidenses dependen directamente de la relación comercial con México –de los cuales, 400 mil se encuentran en el estado de Nueva York−.

Esto no debe sorprender, pues México es el segundo destino de las exportaciones norteamericanas. Les compramos más que Alemania, España, Francia, Italia, Japón y el Reino Unido, juntos. Es más, después del Brexit, estaremos comprándoles más que toda la Unión Europea.

Por su parte, Estados Unidos es el principal socio comercial y primera fuente de inversión extranjera de México en el mundo.

Tan sólo el año pasado, nuestros países comerciaron más de 530 mil MDD, 6.5 veces la cifra que se tenía antes de la entrada en vigor del TLCAN.  

Esto quiere decir que, en un día promedio, México y Estados Unidos comercian más de mil 400 MDD, lo que representa más de un millón de dólares por minuto.

Pero lo más significativo, es que juntos estamos creando un nuevo paradigma: ya no sólo comerciamos, sino que producimos juntos, mediante cadenas de valor regionales cada vez más robustas e integradas.

En promedio, las exportaciones de México a Estados Unidos tienen un 40% de insumos estadounidenses, es decir, 40 centavos de cada dólar que un consumidor americano gasta en artículos mexicanos, apoyan directamente a los productores y trabajadores estadounidenses.

México es hoy la décimo quinta economía más grande del mundo y, de acuerdo con algunas proyecciones, estará en los primeros lugares hacia mediados de siglo.

Somos de los pocos países del mundo que desde hace más de 80 años gozamos de estabilidad política, con un relevo ordenado en la titularidad del Poder Ejecutivo.

Somos un país firmemente comprometido con la democracia, la estabilidad macroeconómica, la economía de mercado y el libre comercio.

Gracias a nuestra red de tratados de libre comercio, las compañías estadounidenses que operan en México tienen acceso preferencial a mil 200 millones de consumidores.

Estas cifras dejan claro el impacto de nuestros intercambios comerciales y humanos; así como la cada vez más amplia gama de interacción en ambos lados de la frontera.

Una frontera compartida que une a 10 estados y en donde viven más de 95 millones de personas.

No obstante, es necesario reconocer que, pese a todo esto, la información que reciben amplios sectores de la sociedad estadounidense sobre México, muchas veces es escasa, inexacta o distorsionada.

Estos vacíos de información se han llenado con mitos, imprecisiones y prejuicios creando un terreno fértil para la intolerancia y la discriminación.

Como sostuvo el periodista Alan Raiding, quien fuera el primer corresponsal en México del New York Times, en los años setenta: nuestros países parecen ser “vecinos distantes”, pueblos que colindan y trabajan juntos, pero que se comprenden poco.

Más recientemente, Andrew Sili, fundador del Mexico Institute en el Wilson Center, se refiere a nuestra relación como la de “extraños íntimos”, por ser sumamente interdependiente, pero aún basada más en                            ideas preconcebidas, que en certezas objetivas.

La buena noticia es que, contra cada estereotipo, hay una realidad que la desmiente; ante cada prejuicio, hay evidencias que lo contradicen; y, para los críticos de la relación, hay amigos y aliados como ustedes.

Hoy, gracias a esta Asociación, estamos avanzando contra los estereotipos, los prejuicios y la desinformación.  

Estados Unidos y México somos vecinos, amigos y socios. En los próximos 50 años y más allá de ese lapso, continuaremos siendo vecinos, amigos y socios.

Será así, porque la cercanía e integración de nuestras sociedades, es una realidad que no tiene marcha atrás.

Para que este proceso sea lo más positivo posible, tenemos que actuar con inteligencia y visión.

Estoy convencido de que debemos alentar, juntos, una relación de largo plazo, mutuamente provechosa, que genere bienestar para las presentes y futuras generaciones de nuestro hemisferio.

Desde el respeto y la cooperación; desde el rechazo a cualquier forma de discriminación o de exclusión; sigamos construyendo una historia de éxito compartido y de oportunidades para estadounidenses y mexicanos.

De cara al futuro, en un escenario internacional cada vez más complejo y exigente, con más desafíos, la historia nos pone de nuevo a prueba, y nos da la oportunidad de elegir el curso a tomar.

¿Cooperación o confrontación; inclusión o exclusión?

¿Queremos aislarnos y debilitarnos; o integrarnos más y ser cada vez más fuertes, más seguros y más prósperos?

Al final del día, todo se resume en una realidad sencilla: a los dos países les conviene la colaboración, ya sea por valores, por pragmatismo, o por simple sentido común.

Quiero recordar una vez más al gran hombre de Estado Abraham Lincoln, quien en su Segundo Mensaje ante el Congreso afirmó: “la seguridad y el progreso de nuestros vecinos están estrechamente conectados con los nuestros”.

Sus palabras siguen siendo vigentes. Honrémoslas.

Hagamos de Norteamérica la región más dinámica, competitiva, segura y exitosa del mundo. Hagámoslo juntos.

Muchas gracias.