-MODERADOR: Queda en uso de la palabra el Senador Roberto Gil Zuarth, Presidente de la Mesa Directiva de la Cámara de Senadores.

-SENADOR ROBERTO GIL ZUARTH: Licenciado Enrique Peña Nieto, Presidente de los Estados Unidos Mexicanos.

Distinguidos representantes de los Poderes de la Unión; de los órganos constitucionales autónomos; señor Jefe de Gobierno de la Ciudad de México.

Representantes de los Poderes locales; señores Gobernadores; dirigentes partidarios; Legisladores Federales y locales.

Amigas y amigos, todos.

Las naciones que han asumido la forma federal, han resuelto de distinto modo la cuestión sobre las características políticas de la sede territorial de sus poderes centrales.

En el fondo de esa cuestión, hay un dilema de orden político:

Qué grado de descentralización es deseable y razonable para asegurar el funcionamiento y estabilidad de las instituciones que rigen a toda la Nación.

Las soluciones han sido de distinto tipo. Desde la creación de una demarcación bajo la jurisdicción del poder central, hasta la coexistencia de dos ámbitos de Gobierno; Federal y local, sobre un mismo espacio y para las mismas personas. Ciudades creadas para ser capital de un país y ciudades que han adquirido esa condición por su peso histórico.

El dilema no es de fácil resolución.

La descentralización extrema puede comprometer la viabilidad y la unión de la Federación, mientras que una centralización política excesiva debilita el tejido social, el vínculo entre ciudadanos y autoridades y, en particular, la capacidad de respuesta de éstas frente a los habitantes de la comunidad que sirve de capital. 

Llevamos dos siglos intentando abordar y ofrecer salidas a este dilema.

Pasamos de la sesión de un pequeño espacio de territorio para facilitar la acción de la Federación y la protección de sus Poderes frente a las amenazas externas, a una auténtica ciudad con autoridades electas, pero con autogobierno limitado y bajo diversos mecanismos de control político sobre el ejercicio de sus responsabilidades.

Nuestro centralismo político y cultural iniciaba a la vuelta de la otra esquina. Desde la Puerta Mariana, que asoma a la Plaza de la Constitución, hasta el último rincón del territorio nacional.

El tutelaje Federal sobre la Ciudad de México encontró coartada; justificación histórica en la razón de Estado de la estabilidad política. Era el viejo temor a perder el país cuando se perdiera la capital, el temor de los defensores de la soberanía frente al invasor y el temor que pretextó el régimen autoritario frente a la pluralidad.

Y es que por mucho tiempo, se dijo que la Ciudad de México en manos de los adversarios, de los antagonistas a la continuidad del régimen, de las fuerzas que desafiaban la uniformidad del proyecto nacional, podría abrir la puerta a la fractura de la unidad y de la existencia misma del Estado mexicano.

De ahí, la negación al derecho al voto, las potestades limitadas de los poderes representativos locales, el sistema de competencias expresas delegadas, las salvaguardas disciplinarias en manos del Presidente.

De ahí, también, la figura centralizadora del Regente, la Asamblea de Representantes sin atribuciones auténticamente representativas, las demarcaciones formalmente administrativas con débiles capacidades de decisión y de gestión, la discrecionalidad presidencial en la dotación presupuestal, los nombramientos compartidos y las remociones como amenaza de castigo.

Poco a poco, la Ciudad de se ha emancipado de su pasado centralizador. Esta transición, el paso del paternalismo presidencial al actual modelo de libertad relativa, cobró forma como reflejo de la transición democrática mexicana. Tomó cuerpo social en la consciencia colectiva, solidaria, fraterna que emergió de entre de los escombros de aquel inolvidable 19 de septiembre de 1985.

Se ha sembrado en la exigencia cívica por la pluralidad, por la descentralización del poder, por la democratización de nuestra vida pública; en el suelo de Tlatelolco, en los ecos sonoros del Zócalo, en las formaciones humanas del Paseo de la Reforma, en la alegoría liberadora del Ángel de la Independencia.

Causa y sociedad civil, cuerpo político y exigencia; en ese proceso se ha ido gestando la larga lucha por la autodeterminación política en la Ciudad de México que hoy, sin duda, da un nuevo paso.

No podemos negar que los ciudadanos ven con escepticismo esta Reforma, y también su secuela constituyente.

Los ciudadanos no han encontrado aún en las fórmulas que redactamos, en las reglas e instituciones que diseñamos a través del acuerdo y la negociación, los motivos para creer y confiar en que su vida será diferente a partir de este momento.

Desde fuera de esta ciudad, esta Reforma se mira con la anteojera del centralismo depredador, con el recelo del desarrollo subsidiado desde fuera, con la incomprensión de las particularidades de este pedazo de país. Se le juzga desde la continuidad de la excepcionalidad de la capital, en relación con otros componentes de la Federación.

Desde dentro, con incredulidad de que en verdad hemos sembrado instituciones para una mejor convivencia entre los que aquí habitamos.

Se piensa, incluso, que esta Reforma la hicimos los políticos para los políticos, para repartirnos privilegios y espacios de poder, o en el mejor de los casos, que es un cambio insustancial que se reduce al nombre de la ciudad y a un nuevo gentilicio.

No, amigas y amigos. Esta reforma, y lo que vendrá detrás de ella, está inspirada en cerrar la brecha de la excepcionalidad; ahí, donde no se justifica, y delimitarla ahí, donde es necesaria.

No se justifica que la capacidad financiera de la ciudad esté condicionada a la voluntad de terceros. No se justifica que las políticas que expanden derechos o que crean bienes públicos, estén expuestas a la duda o a la confusión competencial. No se justifica las responsabilidades extraviadas en jurisdicciones dudosas, duales y sobrepuestas.

Pero la excepcionalidad sí es necesaria, en la medida en que los habitantes de esta ciudad se hacen cargo del patrimonio histórico común, padecen los trastornos de la centralidad política y económica, coexisten con el atractivo turístico y cultural que esta ciudad inspira.

Sus calles y edificios, el aire y el agua no sólo están al servicio de sus permanentes moradores, sino, también, de las necesidades vitales del migrante, del paseante, del otro.

Sus colores, sus sincretismos, su diversidad, la magia de sus rincones, las tradiciones de los pueblos que se entremezclan en la gran urbe, los ríos y canales que le dieron nombre y ahora sirven de viaductos y calzadas, sus palacios y templos, son las postales que el extranjero se lleva en la memoria y las imágenes que dan sentido a nuestra vida.

Es la casa de Guadalupe, la madre de todos; la Virgen sin Nación que mueve al sacrificio a millones de peregrinos cada año. Es la plaza del reclamo, la bocina del descontento, la marcha de la exigencia, el bloqueo como idioma de la indignación. Es el hogar de millones de familias mexicanas por nacimiento o por destino.

La excepcionalidad de la Ciudad de México es misión histórica y ventaja, sí, pero, también, costos, responsabilidades y deberes. Esta ciudad, como el corazón, tiene una función orgánica y un simbolismo sensorial; un corazón que se agita al latir y que se mantiene encendido por la emoción de la vida.

No es una ciudad cualquiera, es la capital de nuestra compleja Nación mexicana.

Esta Reforma es, también, la corrección de un déficit democrático y de derechos.

No hay razón que justifique negar al ciudadano de esta ciudad el derecho a decidir, por sí o a través de sus representantes, los derechos y las obligaciones que tiene frente a su comunidad inmediata; de expresar su consentimiento sobre las decisiones que le afectan y de proteger, también, las conquistas ganadas del caprichoso vaivén de las mayorías.

No hay argumento para excluir al ciudadano de esta ciudad en la configuración de los poderes públicos, que deben gestionar y resolver los problemas colectivos para decidir qué debe hacer cada nivel de autoridad, y cómo se va a distribuir y controlar el poder local.

El ciudadano de la Ciudad de México había estado unido a la cosa pública por un débil vínculo de representación. Su participación política se reducía al momento en el que elige a una autoridad, de la cual sólo depende una parte relativa de las soluciones que exige o que necesita.

Si el ciudadano de la Ciudad de México quería modificar su división territorial, la competencia de sus delegaciones, la forma de integrarlas o sus potestades tributarias, tenía que pedírselo al Congreso de la Unión, al diputado de Baja California y al diputado de Yucatán, no así al mismo diputado que eligió a la Asamblea Legislativa.

Ahora, ese ciudadano podrá incidir en esas decisiones, porque sus representantes, en la potestad constituyente, originaria o revisora, han adquirido capacidades efectivas para determinar la forma en la que se organiza el espectro institucional de esta ciudad.

Éstos, son sólo algunos de los ejemplos de lo que implica este cambio constitucional; una de tantas pruebas de que esta reforma es la llave a la revitalización de los derechos políticos y el camino al auténtico autogobierno del cuerpo social.

Señor Presidente.

Amigas y amigos:

Hoy, culmina un consenso constitucional y, al mismo tiempo, inicia un nuevo proceso constituyente.

Inicia la etapa en la que habremos de desdoblar lo que hemos legislado en la constitución general, suplir sus carencias y, por supuesto, colmar sus vacíos. La tarea apenas comienza.

Los ciudadanos de la Ciudad de México decidirán ahora sus derechos, sus obligaciones y el modelo de organización política que los regirá hacia el futuro. No lo harán en solitario. Concurrirán a este proceso, actores emanados de otras fuentes de legitimidad igualmente democrática.

La excepcionalidad de la Ciudad de México, su condición de capital y de sede política del Poder Federal, exige conciliar y ponderar los intereses de los habitantes de esta ciudad con el interés general de la Nación.

Presenciaremos, sin duda, un ejercicio inédito en la historia contemporánea de México. La construcción originaria desde la pluralidad que nos caracteriza, de una comunidad política, el punto de partida de un arreglo institucional, la definición básica de un sistema de derechos.

Una encomienda que pocas generaciones tienen la fortuna de atestiguar, que pocos tienen la fortuna de protagonizar. Pero esa fortuna entraña enormes responsabilidades, el mayor de los sentidos del deber, la generosa y desinteresada contribución al bien común, la leal y honorable apertura disposición a la razón del diferente.

Debemos honrar el consenso constitucional que hoy se sella, con la mejor Constitución que alguna vez se hubiera escrito para una comunidad.

No podemos fallar a los que nos miran con incredulidad o con desconfianza. No podemos fallar a los que ven este momento con  profunda esperanza. Porque en el ánimo y en el deseo de alcanzar lo mejor, está el piso de lo que juntos podemos conquistar.

Muchas gracias.

-MODERADOR: Escuchemos la intervención del Diputado Jesús Zambrano Grijalva, Presidente de la Mesa Directiva de la Cámara de Diputados. 

-DIPUTADO JESÚS ZAMBRANO GRIJALVA: Muchas gracias.

Buenas tardes.

Licenciado Enrique Peña Nieto, Presidente de la República.

Senador Roberto Gil Zuarth, Presidente de la Mesa Directiva del Senado de la República;          Ministro Luis María Aguilar Morales, Presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación; doctor Miguel Ángel Mancera Espinosa, Jefe de Gobierno del Distrito Federal, hasta ahorita, y de la Ciudad de México, en unos minutos más.

Señor Gobernador Eruviel Ávila, Presidente de la CONAGO; Diputados Diputadas Federales y locales; Senadoras y Senadores.

Distinguidos miembros del presídium; dirigentes políticos aquí presentes; amigas y amigos, todos.

Acudimos hoy, a este encuentro para ser testigos de la Promulgación de una de las más importantes Reformas Constitucionales que, desde el Congreso de la Unión, hemos realizado a nuestra Carta Magna en los últimos años.

Es un acuerdo que enriquece nuestro pacto federal como Nación soberana. Es un acto que declara formalmente el nacimiento de la Ciudad de México como capital del país, sede de los Poderes nacionales y, en plano, de igualdad frente a los 31 estados de la República.

Esta Reforma es la cristalización, por un lado, del esfuerzo de décadas, de centenares de miles de mujeres y hombres de la Ciudad de México por ser reconocidos con plenos derechos, pasando por el referéndum que la propia sociedad civil organizó hace más de 25 años, y por la Reforma Política de 1996.

Y por el otro lado, y no menos importante, es resultado de la voluntad política, la convicción y la determinación de las principales fuerzas políticas del país que hicimos el compromiso, y lo plasmamos en el Pacto por México, en diciembre de 2012, para la Reforma del Distrito Federal.

Y especialmente, las voluntades políticas del Presidente Peña Nieto, que estampó su firma en ese Pacto, y del Jefe de Gobierno de la Ciudad de México, el doctor Mancera, que se comprometió públicamente desde el inicio de su gestión, en diciembre del 2012, a avanzar para concretar este propósito.

El Distrito Federal ha cumplido su papel en la historia. Su condición de capital del país ha sido esencial en el desarrollo político, económico, social y cultural del país.

Fueron los Constituyentes de 1824, quienes establecieron que el Distrito Federal fuera la capital de la naciente República y, por lo tanto, sede de los Poderes Nacionales.

Se podrían hacer muchas más reseñas históricas sobre el simbolismo y el lugar que tuvo en cada etapa el Distrito Federal. Y existirán, sin duda, innumerables libros y demás testimonios documentales que den cuenta de ello, pero ahora, es tiempo de pasar a una nueva etapa y a construir, a diseñar un mejor horizonte.

Frente a las voces que de antemano han desahuciado el proceso constituyente de la Ciudad de México, debemos decir que la Reforma que sepulta constitucionalmente al Distrito Federal traza ya, de antemano, varios límites a la Asamblea que definirá la primera Constitución de la Ciudad de México.

Pero es necesario reconocer, también, que el hecho abre una oportunidad irrepetible para la imaginación y la construcción política en su sentido más amplio y fértil.

Porque a partir de hoy mismo, la Ciudad de México se prepara para ofrecer un nuevo tipo de camino, conquistado después de 190 años.

Ahí, radica la gran oportunidad para plasmar las visiones de futuro del pensamiento democrático, del progresismo incluyente; donde se plasmarán los principios de justicia, equidad, libertad y tolerancia que los capitalinos quieren y que han distinguido, y que distinguen a la ciudad.

Estoy hablando, por ejemplo, de que la Ciudad de México dé un salto democrático, dejando espacio a los gobiernos de coalición y, especialmente, a gobiernos que reflejen el pluralismo real que aflora en grandes ciudades, como ésta.

Avanzar hacia formas parlamentarias que busquen el acuerdo, los consensos, la expresión política de la diversidad real. Estoy hablando, también, de sembrar el germen de una nueva política económica para el país desde la Ciudad de México. Una política económica inclusiva, atenta al desarrollo y, sobre todo, a la equidad.

El ejercicio del Constituyente está acotado por el acuerdo nacional. Pero, también, puede proponer cambios, reacomodos, facultades nuevas, necesarias para una megalópolis como la nuestra.

Por qué no pensar en contar con nuestra propia banca o instrumento sui géneris de desarrollo para financiar los grandes cambios urbanos del porvenir. Por qué no pensar en un salario mínimo dictado localmente, nunca menor al empobrecido salario mínimo Federal.

Por qué no pensar en realinear las leyes en torno a una estructura que apoye la iniciativa empresarial ajena a la burocracia y a la corrupción. El uso de suelo y el reparto de las plusvalías, así como una estructura fiscal más progresiva y exigente.

La Ciudad de México ya lo es. Pero debe subrayar su carácter progresista por la estructura de redistribución fiscal, y en esa materia, discutir la forma en que se define el uso de suelo, es crucial.

Otro ejemplo.

Por qué no pensar en una poderosa organización contra la corrupción, autónoma, puesta para la más estricta rendición de cuentas en la capital de la República. Y, por supuesto, las atribuciones de las demarcaciones y la distribución de sus competencias; la del gobierno municipal, local y, aún, metropolitano. Los contrapesos al alcalde de cada demarcación y las funciones reales de los nuevos cabildos, en coherencia con los objetivos de desarrollo económico, igualdad, libertad y sustentabilidad.

Si nos damos tiempo y paciencia para verla así, atada a grandes temas como estos, la Constitución de la Ciudad de México puede convertirse en una auténtica metáfora; la carta donde podemos imaginar, por primera vez en el México contemporáneo, un futuro alentador, solidario, un futuro compartido propuesto por los modernos habitantes del Valle del Anáhuac.

Y al mismo tiempo, la discusión misma de la conformación del Constituyente y de la elaboración de la primera Constitución de la Ciudad de México, actualizará un debate que ya lleva años en el ámbito político, así como en la academia, y todavía más aún, en vísperas del Primer Centenario de la Constitución de 1917, el próximo año, que coincidirá con la fecha en que se estará concluyendo la redacción de la Constitución de la Ciudad de México.

Después de numerosas reformas, de múltiples reglamentaciones de detalle, contenidas en nuestra Carta Magna; es necesaria una nueva Constitución, o una reforma profunda, un rediseño de arquitectura constitucional que, preservando principios básicos, derechos irrenunciables, se lleve al cabo, o nos quedamos con la Constitución de 1917, y la seguimos reformando cada que sea necesario.

Pero cualquiera que sea la decisión que asumamos, la Primera Constitución de la Ciudad de México quedará, seguramente, como paradigma, como ejemplo de que sí es posible lograr cambios profundos en nuestra estructura institucional, que impacten la vida económica, social, cultural y política ya no sólo de la Ciudad de México, sino del país, poniendo en el centro a la gente, al ser humano, como origen de nuestras preocupaciones y destinatario de nuestras decisiones que, deseamos, por supuesto, sean las mejores.

Felicidades, y muchas gracias.

-MODERADORA: Corresponde el uso de la palabra al doctor Miguel Ángel Mancera Espinosa, Jefe de Gobierno del Distrito Federal.    

-DR. MIGUEL ÁNGEL MANCERA ESPINOSA: Muy buenas tardes a todas y a todos ustedes.

Licenciado Enrique Peña Nieto, Presidente Constitucional de los Estados Unidos Mexicanos.

Senador  Roberto Gil, Presidente de la Mesa Directiva de la Cámara de Senadores; Ministro Luis María Aguilar Morales, Presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación; Diputado Jesús Zambrano Grijalva, Presidente de la Mesa Directiva de la Cámara de Diputados.

Doctor Eruviel Ávila Villegas, Gobernador del Estado de México y Presidente de la Conferencia Nacional de Gobernadores; doctor Lorenzo Córdova, Consejero Presidente del Instituto Nacional Electoral; licenciado Miguel Ángel Osorio Chong, Secretario de Gobernación.

Integrantes del gabinete del Gobierno de la República; integrantes del gabinete del Gobierno de la Ciudad de México; titulares de los Poderes Judicial y Legislativo de la Ciudad de México; Legisladores y Legisladoras Federales y locales.

Actores políticos; académicos; de la sociedad civil, que han  estado involucrados en la construcción de esta anhelada Reforma Política de la Ciudad Capital.

Amigas y amigos de los medios de comunicación:

Me alegra mucho que la vida me haya permitido estar aquí, compartiendo con todos ustedes este histórico momento para nuestra Ciudad de México. 

Esta ciudad, que ha sido descrita como La Región más Transparente, como la Ciudad de los Palacios; un territorio en el que se construyen y defienden garantías, libertades, derechos y obligaciones.

Es la Ciudad de México, que incluye, que es diversa, solidaria, multicultural. La capital donde confluyen las ideas, donde se desarrollan los debates del cambio, centro de acopio de arte, de ciencia, de coincidencias, de discrepancias. Donde todo se vale en el diálogo y en el uso de la razón, como fuerza transformadora.

Ésta, es una ciudad que recibe a los visitantes para mostrar sus bellezas, pero también que ha dado cobijo a los que buscan un nuevo hogar. Es una ciudad que vive y se alimenta con millones de historias en el día a día; de lo bueno, de lo malo.

Una ciudad que en sus calles guarda historias de batallas, de inundaciones, de terremotos, de fiesta, de protesta, de transformaciones urbanas; una gran riqueza de sabores y colores.

Y finalmente, con lo más valioso: su gente, su componente humano. Es, precisamente, por esa gente, que desde hace mucho tiempo, esta ciudad ha luchado por su transformación política.

Nunca ha perdido el impulso. Eso hay que destacarlo. Siempre se ha encontrado con hombres y con mujeres dispuestos a mejorarla, a llevarla a un nuevo estadío.

Hoy, al paso de los años, después de varios intentos y de muchas discusiones que siempre pararon en la espera de un mejor momento, de un después, de un ya vendrá.

Hoy, la Ciudad de México ha sido objeto ya de una Reforma Constitucional de gran alcance, por más que se quiera denostar, que la proyecta hacia un diálogo directo con todos los estados, con todos los integrantes del Pacto Federal, con el Gobierno de la República, que reconoce sin regateo su carácter de Ciudad Capital con las prerrogativas, pero también con las obligaciones que ello implica.

Una Reforma que la define como la Capital de la República, como una entidad soberana y autónoma que le da garantía de su estabilidad financiera y de la manera de proteger a sus habitantes, a través de la seguridad pública.

Una Reforma que la organiza con esquema más amplio para la participación de la gente en el ejercicio de gobierno. Que le da la oportunidad a nuestra ciudad de tener, por primera vez, una Constitución; un documento que le permitirá su refundación social y política.

Un documento en el que la ciudadanía puede plasmar todos los derechos por los que ha luchado a lo largo de su historia, y que hoy los tiene bien ganados. Que logre la participación de las mayorías, que busca construir espacio de desarrollo y de bienestar, en donde se combata la desigualdad y la marginación, donde se garanticen los derechos humanos, el medio ambiente sano.

Una Constitución que dé garantía a la inversión, al desarrollo, a la prosperidad, a la educación, a la salud, a la no discriminación. Que dé la justa dimensión a la libertad en todos sus sentidos.

Ésta, será la Constitución que tenemos que construir juntos todas y todos quienes queremos a la Ciudad de México, por supuesto.

Por ello, haremos una amplia convocatoria para contar con la más completa participación social, que no debe escatimar en la construcción jurídica, política, social, económica, de nuestra capital.

Debemos lograr que la Ciudad de México tenga una Constitución moderna y de avanzada, que bien pudiera servir de inspiración para avivar el debate por una nueva Constitución para nuestro país.

Sin duda, hoy, se escribe una página de alto valor para la vida de la Ciudad de México. Y yo no puedo, y no debo dejar de reconocer a todas y a todos los que se sumaron para apoyar esta reforma política.

Mi reconocimiento a los académicos y a la sociedad civil, que impulsaron el proyecto que presentamos para su discusión.

A los Senadores y a las Senadoras de la República, que lo recibieron y abrieron el debate para su final aprobación.

A los Diputados y Diputadas Federales, que lo revisaron y enriquecieron.

A los Diputados locales y Diputadas locales, por su involucramiento en diferentes foros de consulta.

A todas las fuerzas políticas que apoyaron esta tarea.

A Cuauhtémoc Cárdenas; a Porfirio Muñoz Ledo; a Ifigenia Martínez. Porque nunca han dejado de trabajar por este cambio.

A todos y cada uno de los Gobernadores y Gobernadora, por la aprobación de sus estados para declarar constitucional esta reforma.

Y, por supuesto, a usted, señor Presidente de la República, de quien reconozco su actuación de respaldo permanente e institucional para llegar a este momento histórico para México y para los habitantes de su capital.

Hoy, damos cuenta de uno de los logros políticos y sociales de mayor alcance en la historia de la Ciudad de México. Hoy, somos testigos de un paso enorme en la construcción de una soberanía propia y efectiva para la ciudadanía capitalina.

Éste, es el resultado de un trabajo coordinado, en donde se dejaron de lado agendas personales y posiciones sectarias; donde se convocó al trabajo a todas y a todos, donde se dio cuenta de uno de los mayores ejercicios de suma de voluntad para alcanzar la meta.

Esto demuestra, una vez más, cómo rinde mejores dividendos la sociedad cuando participa en el diálogo, cuando no se da la confrontación, cuando no se hace de eso un instrumento permanente.

Señoras y señores:

Hoy, también, comienza una nueva etapa de trabajo. Hoy, se da el banderazo a lo que será la construcción del nuevo andamiaje jurídico, político, económico, social, de nuestra ciudad.

Ni un paso atrás en sus conquistas, en sus logros. Esos son de ustedes; esos les pertenecen; eso le pertenece a la gente de esta capital.

Hoy, convoco a todos y a todas para que nos pongamos a trabajar, para que pongamos manos a la obra, para que este renacimiento de la Ciudad de México nos llene de orgullo. Es un logro de la gente.

Este cambio que hoy inicia, debe ser, deseo que sea, el augurio de muchas cosas buenas para todas y para todos.

Adiós, Distrito Federal.

Bienvenida nuestra Ciudad de México.

Muchas gracias.

(A CONTINUACIÓN, HIZO USO DE LA PALABRA EL PRESIDENTE DE LOS ESTADOS UNIDOS MEXICANOS, LICENCIADO ENRIQUE PEÑA NIETO, SU DISCURSO SE TRANSCRIBE POR SEPARADO)