-MODERADORA: Escuchemos las palabras del licenciado Luis Raúl González Pérez, Presidente de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos.

-LIC. LUIS RAÚL GONZÁLEZ PÉREZ: Muy buenos días tengan todas y todos ustedes.

Muy distinguido señor licenciado Enrique Peña Nieto, Presidente Constitucional de los Estados Unidos Mexicanos.

Muy estimados Presidentes de la Cámara de Diputados y del Senado de la República.

Muy estimado y querido Presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación.

Muy estimados Secretarios de Estado y Secretaria de Estado. Muy amables por su presencia.

Muy estimado doctor Enrique Graue, Rector de la Universidad Nacional Autónoma de México.

Saludo con respeto a la esposa del homenajeado Rodolfo Stavenhagen.

Y, también, saludo a las consejeras y consejeros de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos.

A las Diputados y Diputados presentes; a las Senadoras y Senadores presentes.

A los titulares de la sociedad civil organizada, de organizaciones de la sociedad civil.

A representantes de los medios de comunicación y a mis colegas presidentes y presidentas de organismos públicos de derechos humanos.

Señoras y señores:

En el año 2004, al rendir su tercer informe como relator especial para los Derechos Humanos y las Libertades Fundamentales de los Pueblos Indígenas, el doctor Rodolfo Stavenhagen, señalaba, entre algunos de los aspectos inherentes a la problemática vinculada al tema de justicia y derechos indígenas, lo siguiente, cito:

Los derechos de los indígenas suelen negarse en la práctica, aunque exista legislación de protección, hecho que es motivo de particular preocupación en la administración de justicia. La existencia de un sistema de justicia eficaz y justo es fundamental para promover la reconciliación, la paz, la estabilidad y el desarrollo entre los pueblos indígenas.

Una de las esferas más problemáticas de los derechos humanos de los pueblos indígenas es la administración de justicia.

La protección eficaz de los derechos humanos sólo se logrará si todas las personas, sin discriminación alguna, tienen libre acceso a la justicia, y si ésta se administra plena, desinteresada e imparcialmente. Hasta ahí la cita de Rodolfo.

A 12 años de distancia, las situaciones evidenciadas en dicho informe, así como los postulados sostenidos por el doctor Stavenhagen, de más de un modo continúan siendo vigentes, pues, no obstante, que en los últimos años las cuestiones indígenas han registrado avances en nuestro país, aún no podemos considerar que la vigencia y respeto, y defensa de sus derechos hayan alcanzado niveles aceptables.

La discriminación, la exclusión, la pobreza, la desigualdad y la falta de un acceso real y efectivo a la justicia, siguen siendo algunos de los factores que integran la compleja realidad que las y los miembros de nuestros pueblos y comunidades enfrentan de manera cotidiana.

Este panorama, indudablemente, sería más adverso si las conquistas y avances que los derechos indígenas han concretado como consecuencia de las luchas sociales, y del trabajo intenso y comprometido que muchas personas han llevado a cabo desde hace varios años, para visibilizar, entender y procurar, dar respuesta a las demandas, necesidades y problemas de ese sector de nuestra población.

Entre estas personas destaca como un referente necesario la figura de Rodolfo Stavenhagen, sin cuya obra y vocación por la defensa de la dignidad humana no podríamos entender y explicar muchos de los avances más relevantes que nuestro país ha tenido en este ámbito.

Desde la composición pluricultural de nuestra Nación, que consigna expresamente el Artículo 2º Constitucional, hasta el amplio reconocimiento de los derechos individuales y colectivos que hace ese mismo precepto, muchas de las consideraciones, postulados y del trabajo del doctor Stavenhagen encuentran ecos o reflejos en el apartado indígena de nuestro máximo ordenamiento.

Él, junto con otras mexicanas y mexicanos notables, iniciaron un proceso crítico y reflexivo sobre la materia indígena que, potenciados por movimientos sociales como el que estalló en Chiapas, en 1994, lograron en poco menos de cinco décadas transformar la manera como México ve y se relaciona con sus pueblos y comunidades originarias, construyendo un nuevo esquema y dinámica con sustento en el respeto de los derechos humanos, abandonando una concepción en la que, según lo refirió en alguna ocasión, la existencia misma de los pueblos y comunidades indígenas se percibía como un obstáculo o impedimento para la construcción de una Nación moderna.

En el año 2001 pudo presenciar que diversos derechos de los pueblos indígenas eran reconocidos a nivel constitucional. Sin embargo, no pudo ver el día en que esos contenidos normativos adquirieran una repercusión práctica, una trascendencia real y extendida.

A 16 años de distancia, los postulados constitucionales no han trascendido en su mayoría el ámbito estrictamente jurídico, lo que ha evitado que los mismos alcancen su potencial real de protección a los derechos humanos de los pueblos indígenas.

La simple formulación de las normas, sin dotarlas de una dimensión práctica u operativa ha resultado insuficiente para atender la vulnerabilidad de sus derechos fundamentales, con sus características y especificidades propias.

La reciente partida del doctor Stavenhagen privó a México, a sus pueblos y a comunidades indígenas, así como a la comunidad internacional de los derechos humanos de una de las inteligencias más lúcidas, honestas y comprometidas con el respeto y defensa de los derechos de las personas.

El día de hoy, otorgamos post mortem el Premio Nacional de los Derechos Humanos Rodolfo Stavenhagen como un debido y necesario homenaje al humanista y luchador social que consagró su vida y obra al servicio de la dignidad humana y de los grupos más vulnerables y excluidos de nuestra sociedad.

Sirva este homenaje como una expresión de reconocimiento y gratitud del Estado mexicano al sociólogo, antropólogo, investigador, defensor y divulgador de los derechos humanos, constructor de instituciones y formador de pensamiento y de personas.

El racismo, la intolerancia, la discriminación, la violencia de la Alemania nazi hicieron que la familia Stavenhagen Gruenbaum se viera forzada a abandonar su tierra natal y buscar refugio en México.

La tolerancia, apertura y solidaridad de nuestro país permitieron que esos extranjeros se asimilaran a nosotros y que un niño, Rodolfo, que en 1940 apenas contaba con siete años, creciera y se formara en nuestro país, al cual dedicó la mayor parte de la vasta obra que produjo en sus 84 años de vida.

Señalando con orgullo cuando fue cuestionado al respecto que era totalmente mexicano, pero desafortunadamente no tenía ascendencia indígena.

Es mucho lo que como individuos y como sociedad podríamos aprender y obtener si reflexionáramos y pudiéramos llevar a la práctica lo que significan conceptos tales como tolerancia, inclusión y no discriminación, mismos que tienen una importancia fundamental en el ámbito de los derechos humanos.

La intolerancia, la discriminación y la exclusión llevan implícito el negar la condición plena de persona a quien piensa o es diferente a nosotros, lo cual imposibilita el diálogo y el entendimiento, abriendo la puerta a la violencia y el ejercicio de la fuerza.

Coincido con quien ha dicho que es más fácil odiar que entender, agredir que escuchar, o violentar que respetar.

Ejemplos de ello lo son las actitudes y conductas que sufren día con día las personas en contexto de migración, o las personas que optan por la diversidad sexual, por citar tan sólo algunos casos.

Nuestro país ha sufrido y sufre los efectos nocivos de la violencia, de la falta de respeto para los demás; de la ignorancia y de la falta de solidaridad, que se traduce en la búsqueda y consecución de intereses individuales, aún cuando ello implique perjuicios a los otros y afecte a la sociedad.

Con independencia de cualquier solución de carácter reactivo o de corto plazo, que pretendamos implementar frente a esto, el entorno adecuado para la convivencia social pacífica que nuestro país demanda, en el cual sea posible el desarrollo pleno de las personas, sólo se podrá conseguir si generamos una cultura entre autoridades y sociedad que tome como eje el reconocimiento y respeto de la dignidad humana, para lo cual la educación en y para los derechos humanos resulta indispensable.

En este sentido, el Comité de Premiación ha tomado la decisión de conferir una mención honorifica a Sharon Zaga Mograbi, por su labor y dedicación en la enseñanza y divulgación de una cultura de la tolerancia, no discriminación y respeto a los derechos humanos.

Buena parte de la incansable labor que Sharon Zaga ha llevado a cabo en este sentido se ha materializado a través del Museo Memoria y Tolerancia, institución de la que fue fundadora, junto con otras personas comprometidas en esta causa, como Emily Cohen, y de la cual ahora es su Presidenta.

Este museo no se limita a recrear la memoria histórica de los acontecimientos trágicos que han caracterizado a los genocidios, como crímenes de lesa humanidad, sino que también promueve valores de convivencia, con el propósito de concientizar a las personas para generar las condiciones que impidan la repetición de esta clase de acciones, que niegan la dignidad humana.

Parte importante de ello se sustenta en la reflexión y promoción de la tolerancia, la no violencia, la no discriminación, y en general de los derechos humanos; así como también llamando la atención sobre el peligro de la indiferencia o de que pretendamos ignorar las conductas que sean contrarias a estos principios.

La intolerancia genera el entorno menos propicio para el desarrollo de la democracia y el Estado de Derecho. Cuando ésta predomina en amplios grupos, ello es signo de que no se ha consolidado una sociedad abierta o de que ésta se encuentra en riesgo.

La pobreza, la exclusión, la desigualdad, la falta de respeto por las normas, por las instituciones y por la dignidad de las personas, no son condiciones o factores que se generen en forma espontánea.

Con frecuencia, hay decisiones de poder que las propiciaron, permitieron o, inclusive, las generaron.

Nuestro país demanda una visión que se sustente en el reconocimiento y respeto de los derechos humanos y que, con base en ella, construyan sus estrategias de cambio social, político y económico, dando a los derechos fundamentales una dimensión práctica, un reflejo real y no sólo una enunciación teórica.

Señor Presidente:

Todas y todos podríamos coincidir en que 2016 ha sido uno de los años más dramáticos y violentos en el que las huellas nocivas de la criminalidad generaron un entorno problemático y complejo en el ámbito de la protección de los derechos humanos.

La necesidad y urgencia de proporcionar a la población de algunas regiones del país niveles mínimos de seguridad, que permitan cierta normalidad en su existencia cotidiana, fue un elemento que incidió en que se presentaran violaciones a los derechos humanos por parte de algunas autoridades que se apartaron del cabal y debido cumplimiento de su deber.

Lo anterior, aunado a una percepción generalizada en la sociedad sobre la existencia de impunidad, corrupción, así como respeto a la falta de cumplimiento de la ley, ha debilitado a nuestras instituciones democráticas y dividido a la sociedad.

La aplicación de la ley se ve en una concepción por completo errónea, como antagónica del respeto a la dignidad humana, llegando a identificar la promoción y defensa de los derechos humanos equivocadamente, como un obstáculo para la aplicación de justicia, o una vía para perpetuar la ilegalidad.

Descalificar a los defensores de derechos humanos por defender la dignidad de las personas es descalificar el que podamos vivir en un Estado democrático de derecho, cuyo eje sea la vigencia de esos derechos.

La expresión del descontento ha llegado al extremo del elogio y reconocimiento social a quien toma la justicia en sus manos; o bien, a la promoción de iniciativas que de prosperar podrían reforzar la práctica de la venganza privada, al pretender depositar en el ciudadano la responsabilidad de preservar su seguridad, pero que en realidad sólo minarían el control que el Estado está obligado a ejercer sobre la dinámica delictiva.

Los derechos humanos requieren para su vigencia el cumplimiento y aplicación de la ley.

El respeto a la dignidad de las personas es perfectamente compatible con la prevención y persecución del delito, siento el parámetro que posibilita tal cuestión el debido y oportuno ejercicio de sus funciones, y el cumplimiento de la ley por parte de las autoridades.

Por graves que sean las circunstancias que atraviesa nuestro país, el Estado mexicano no puede renunciar al ejercicio de las funciones que se le son propias. Pero tampoco debe vulnerar los derechos y prerrogativas de las personas.

El respeto a los derechos humanos, vale la pena insistir en ello, es el eje que debe sustentar las políticas públicas y las acciones que se emprendan en todos los ámbitos del poder público, incluido, por supuesto, el relativo a la seguridad, en todas sus dimensiones de las y los mexicanos.

En este sentido, cualquier instrumento jurídico que se formule para dar certeza a sus actores, necesariamente debe tomar como premisa el reconocimiento y respeto de la dignidad de las personas, base de los derechos humanos; así como la vigencia del esquema de competencias y atribuciones que prevé la Constitución.

La seguridad pública es una función que corresponde y debe estar a cargo de instituciones de carácter civil.

Nuestra Fuerza Armada debe volver cuando las condiciones del país así lo permitan, a las funciones que le son propias, debiéndose establecer, para ello, una ruta gradual y verificable. El carácter extraordinario de su participación en tareas de seguridad pública, no debe asumirse como algo permanente o promoverse que así sea.

Si la criminalidad es hoy uno de los fenómenos más corrosivos de los derechos humanos, las fallas en la seguridad pública potencializan este deterioro hacia niveles más profundos de descomposición social.

Por ello, es preciso actuar para atender los puntos críticos que más vulneran nuestro sistema de procuración e impartición de justicia, y que inciden en la percepción que la sociedad tiene de las autoridades y las instituciones.

Fortalezcamos la voluntad que se ha expresado y las acciones que se han emprendido para abatir la corrupción y la impunidad, propiciando un sistema que dé una respuesta efectiva y real a los planteamientos y necesidades de la sociedad, y que se encuentre legitimado y avalado por la misma.

No defraudemos lo que la sociedad espera de nosotros. Si bien es cierto que el contexto es adverso, también se presenta la oportunidad de cimentar las instituciones y procesos que permitan el abatimiento de la corrupción y de la impunidad, en México; así como de permitir la mejora y debida persecución de los delitos.

Con certeza de que la ley se aplicará de manera imparcial y no será objeto de negociación alguna, con la confianza de que las investigaciones que se lleven a cabo serán objetivas, integrales y respetarán los derechos inherentes a las personas.

Sólo de esta forma, México podrá recuperar la armonía social, la paz, la normalidad en nuestra convivencia cotidiana, que genere el entorno idóneo para el ejercicio y goce de los derechos humanos sin exclusión, sin discriminación y sin intolerancia.

Muchas gracias.

-MODERADOR: Veremos enseguida el video-semblanza de Rodolfo Stavenhagen, galardonado post mortem con el Premio Nacional de Derechos Humanos 2016.

(PROYECCIÓN DE VIDEO)

-MODERADORA: Enseguida, el Presidente de los Estados Unidos Mexicanos y el Presidente de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos proceden a imponer la medalla y a hacer entrega de mención honorífica.

(ENTREGA DE MEDALLA Y MENCIÓN HONORÍFICA)

-MODERADOR: Enseguida el Presidente de la República y el Presidente de la CNDH hacen entrega de medalla, diploma post mortem y estímulo económico a la señora Elia del Carmen Gutiérrez Ortiz, viuda del señor Rodolfo Stavenhagen, galardonado con el Premio Nacional de Derechos Humanos 2016.

(ENTREGA DE MEDALLA Y DIPLOMAS POST MORTEM)

-MODERADOR: Corresponde el uso de la palabra a la señora Elia del Carmen Gutiérrez Ortiz, viuda del señor Rodolfo Stavenhagen, galardonado con el Premio Nacional de Derechos Humanos 2016.

-SRA. ELIA DEL CARMEN GUTIÉRREZ ORTIZ: Señor Presidente de la República Mexicana, Enrique Peña Nieto.

Señor Presidente de la Comisión Nacional de Derechos Humanos, Luis Raúl González Pérez; distinguidos miembros del presídium.

Señoras y señores.

Queridos amigos.

En nombre de la familia Stavenhagen, es para mí un honor agradecer el reconocimiento que hace hoy a Rodolfo Stavenhagen, defensor incansable de los derechos humanos y particularmente de los derechos humanos de los pueblos indígenas.

Ésta es la primera vez que hablo en nombre de Rodolfo y su trabajo.

Hoy, en su ausencia, aprovecho esta oportunidad para comunicar el enorme privilegio que fue acompañar durante 34 años a un hombre tan íntegro y congruente.

Me tocó ser testigo y cómplice de su inquebrantable compromiso con la sociedad, con los pueblos de México y del mundo.

Nuestra relación se inició en 1982, en Paris, cuando Rodolfo terminaba su gestión como Subdirector General encargado del área de las ciencias sociales en la UNESCO.

Su tarea era promover el desarrollo de las ciencias sociales, en ámbitos como la cooperación internacional, problemas de población, urbanismo y medio ambiente, el desarrollo económico y social, y un área de derechos humanos, donde empezó a reflexionar sobre el tema.

Para ese entonces, Rodolfo ya era reconocido como un importante científico social. Su compromiso con el emergente pensamiento latinoamericano lo había llevado a criticar las estructuras imperantes.

Ese mismo año, cansado de la administración, renunció a su puesto y se quedó en Paris para retomar su actividad como investigador.

Dedicó ese año a leer y reflexionar sobre la necesidad como factor de conflictos y guerras en el mundo, tema en el que pocos especialistas reparaban en esa época y cómo esas identidades colectivas entraban en conflicto por problemas de fronteras artificiales, intervenciones de políticas estatales o coloniales o de intereses extranjeros; desigualdades económicas en que la opinión pública era manipulada, produciendo conflictos violentos, etnocidios y no pocas guerras.

Un tema que 30 años después sigue tan vigente.

Rodolfo era un visionario. Nadie niega ahora que los elementos de las identidades religiosas o étnicas juegan un importante papel en los conflictos mundiales.

En 1983, Rodolfo regresa al país y a su institución: el Colegio de México. Víctor Urquidi, gran mentor y amigo, lo recibe y lo invita como Secretario académico del Colegio.

Ahí, trató infructuosamente de tender puentes interdisciplinarios, cito: Los grandes problemas hay que enfrentarlos desde varias perspectivas. Vamos a crear proyectos de estudio en el que analicemos los grandes problemas de México con investigadores de los diversos centros del Colegio.

Como lo demostró a lo largo de su vida profesional, Rodolfo no creía en las fronteras rígidas entre las distintas disciplinas.

Vivir con Rodolfo fue viajar por todo el mundo, siempre motivado por alguna actividad profesional, dando conferencias con intervenciones en foros, eventos, proyectos, encuentros; siempre generando discusiones políticas y científicas fructíferas, sustentadas por su afán analítico, por su compromiso en la búsqueda de orientar el presente y el futuro hacia formas superiores y más justas.

Y en medio de sus muchos compromisos profesionales, Rodolfo encontraba el momento para que fuéramos a la Ópera, al Ballet o al Teatro, o a comer una rica pasta siempre acompañada de un buen vino y de una deliciosa conversación.

Paseábamos por los parques, íbamos a los museos. Vivir con él era vivir con libertad y disfrutar del mundo, la naturaleza y de la cultura.

Compartíamos el amor por las culturas indígenas y el reconocimiento de su importancia. Él, desde su trinchera de intelectual, académico, activista y funcionario; yo, en la promoción de las artesanías producidas por los distintos grupos étnicos del país, organizando exposiciones de arte popular, nacionales e internacionales.

En 1984 a la muerte del padre de Rodolfo, Kurt Stavenhagen, me tocó hacerme cargo de la colección de arte prehispánico, que éste reunió durante cuatro décadas, y entregarla a nombre de la familia Stavenhagen al Museo de Antropología de Xalapa y a la Universidad Nacional de México.

Rodolfo, fiel al compromiso con la Nación, donó este importante acervo, reflejo de un momento fundamental en la construcción de la identidad nacional, como un homenaje al país que tan generosamente los acogió a él y a su familia, como migrantes refugiados de los genocidios nazis.

Rodolfo y yo siempre fuimos compañeros, lo apoyé y lo amé incondicionalmente. Qué privilegio vivir así el amor: con un hombre inteligente, dulce y tranquilo.

Siempre estaba dispuesto a todo, a aventurarnos a montar una moto en Nepal para ir a ver los Himalayas. Asistir a un concierto en Versalles y estar dos horas parados bailando escuchando a Tina Turner. Ir a ver y oír a Santana, que lo conocimos en Stanford; o en casa, hacer fiestas a la Virgen de Guadalupe, o celebrar el Día de Muertos con los altares tradicionales que ponemos cada año.

Después de muchos años de una incansable labor diplomática y académica por el reconocimiento de los derechos de los pueblos indígenas, en 2001 se logró que la ONU creara la primera Relatoría Especial sobre la Situación de los Derechos Humanos y Libertades Fundamentales de los Pueblos Indígenas, la cual, Rodolfo, tuvo el honor de presidir.

Rodolfo acompañó a los grupos indígenas de todo el mundo en el proceso de empoderamiento, que fue creciendo con los años en la ONU.

Como primer Relator Especial sentó las bases de la relatoría con su visión de antropólogo y sociólogo. Parecía que toda su vida se había preparado para el puesto, tenía la experiencia diplomática y académica, conocía a los grupos indígenas en el mundo, trabajaba con varias ONG´s.

Había sido Presidente en la redacción del Convenio 169. Participó activamente en la redacción de la Declaración de las Naciones Unidas sobre los Derechos Pueblos Indígenas.

A propósito, recuerdo que en una ocasión un alto funcionario de la ONU me dijo: nosotros respetamos mucho a Rodolfo. Cuando él toma la palabra escuchamos con atención, porque siempre va a hacer un comentario inteligente. Él puso el tema de los derechos indígenas en nuestras discusiones.

Fui con él a varios de sus viajes como Relator de los Derechos Humanos de los Grupos Indígenas en el mundo. Ante el asombro de los funcionarios de la ONU que no acostumbraban a llevar a sus esposas en viajes oficiales.

Pero los pueblos indígenas nos recibían con gran aprobación. Recuerdo al Alcalde de Oruro, en Bolivia, que nos tomó de la mano y nos dijo: así debe de ser la pareja, qué bueno que lo acompañe y lo cuide. Cuídelo mucho porque para nosotros es muy importante la labor que realiza. Necesitamos que nos siga guiando en esta lucha desigual.

Rodolfo fue un humanista universal, un ciudadano del mundo, un ser humano sencillo, cálido, gentil y respetuoso del ser humano.

Trató con la misma dignidad a presidentes, funcionarios y a las personas más humildes.

Fue un hombre que cuyo trabajo a favor de la dignidad humana dejó una huella profunda, como lo reflejan las lindas notas de condolencia que nos han llegado de todo el mundo desde su partida.

Rodolfo era un intelectual creativo. Abrió caminos y disciplinas. El México pluricultural y multiétnico. Los problemas agrarios. El derecho consuetudinario, los derechos humanos.

Para inicios de la década de los 80, el tema de los derechos humanos en México era poco discutido.

Distintos organismos internacionales comenzaban a documentar varios casos de violencia política, sufrida por líderes sociales y comunitarios, en distintas partes del país.

Rodolfo veía esta situación con preocupación y como un obstáculo para la democracia, es por ello que fundó con Mariclaire Acosta y otros personajes, aquí presentes, la Academia Mexicana de Derechos Humanos.

Esta institución fue un precedente fundamental para la creación de la Comisión Nacional de Derechos Humanos, organismo que ha jugado un importante papel en la cultura democrática del país, y que hoy nos convoca.

Recuerdo el momento en que se acercó a él, Raúl Salinas de Gortari, y le dijo: Rodolfo, cuál cree que es el problema más importante del país. Él contestó: la implementación de los derechos humanos.

Poco después, acordó una cita con el licenciado Carlos Salinas. Rodolfo asistió con varios miembros de la Academia Mexicana de Derechos humanos. Al poco tiempo, el Presidente anunció la creación de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, institución que hoy le rinde homenaje, mediante este reconocimiento.

Rodolfo, además, de crear instituciones, cultivó una familia sólida de hijos comprometidos con su país. Marina, Andrea, Gabriel y Yara; los nietos: Diego, Luisa y Mateo; su sobrina Claudia, todos lo quisimos, lo admiramos y recibimos de él su amor incondicional.

Recordar a Rodolfo es recordar su compromiso con la sociedad y con los pueblos de México.

La mejor manera de honrar su memoria es revisar sus recomendaciones y poner en práctica su pensamiento, que sigue tan vigente.

Lo cito: Creo que el científico social tiene una responsabilidad política profunda, que conduce a tratar de aclarar, conocer y coadyuvar a la solución a los problemas sociales.

Honremos su memoria, poniéndole atención al desafío que representa el ejercicio de una política de derechos humanos, que contribuya a proteger a los distintos sectores de la población y a promover su desarrollo y bienestar.

El enfoque de derechos humanos identifica a los pueblos indígenas como titulares de derechos y establece la realización de estos como el principal objetivo del desarrollo: que respete sus lenguas, su cultura, su territorio y sus recursos naturales.

Muchas gracias.