-MODERADORA: En uso de la palabra el Presidente de la Comisión Nacional de Derechos Humanos, doctor Raúl Plascencia Villanueva.

-DOCTOR RAÚL PLASCENCIA VILLANUEVA: Muy buenas tardes.

Licenciado Enrique Peña Nieto, Presidente Constitucional de los Estados Unidos Mexicanos; licenciado Miguel Ángel Osorio Chong, Secretario de Gobernación; señora Norma Romero Vásquez; señor Juan Manuel Estrada Juárez; señoras y señores miembros del Consejo Consultivo de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos; maestra Lía Limón García, Subsecretaria de Derechos Humanos de la Secretaría de Gobernación; señoras y señores Presidentes y Procuradores de Derechos Humanos de los estados de la República.

Señores recipiendarios del Premio Nacional de Derechos Humanos 2007, 2009, 2010 y 2011. Señoras y señores miembros del Consejo de Premiación del Premio Nacional de Derechos Humanos; estimadas amigas y amigos.

El pasado 10 de diciembre, se conmemoró un aniversario más de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Por lo que considero un buen momento para recordar que estos derechos son un horizonte en permanente movimiento y cambio.

Un proceso que invariablemente va unido a la democracia, y ésta necesita de la voz y la participación de todos para enriquecerse y renovarse.

Por ello, hoy el Estado mexicano condecora a quienes hacen de la defensa de los derechos humanos una forma de vida y una esperanza para todos aquellos que, por su condición, se encuentran en un mayor grado de vulnerabilidad.

La Nación mexicana está cimentada en la paz, la justicia y la libertad. Esto es fruto del legado histórico de prolongadas deliberaciones, amplias coincidencias y marcadas divergencias. Pero siempre, concibiendo el presente y el futuro de México conforme al interés nacional.

Actualmente, gracias a la entrega y la voluntad de miles de mujeres y hombres, México inició la segunda década del Siglo XXI, con el estímulo de hacer realidad el nuevo marco constitucional y legal que fortalece los derechos humanos.

En estas circunstancias, recordemos que migrar debe ser parte de un proyecto de vida basado en una decisión libre, y no, como en muchos casos sucede, forzado por la falta de oportunidades o por la violencia en algún lugar del mundo.

Carecer de papeles migratorios no despoja a nadie de sus derechos humanos. Ser migrante no cancela ni limita su goce y protección, mucho menos derechos tan elementales como la vida, la integridad física, el trato digno y la asistencia.

Nuestro país es origen, tránsito, destino y retorno de migrantes. Es paso obligado de miles de personas que vienen de diversos países en busca de oportunidades que no tienen o no tuvieron en sus lugares de origen.

La migración acompaña a la historia de la humanidad desde sus inicios. La búsqueda de la felicidad y de mejores oportunidades de vida son inherentes al desarrollo del ser humano, y son aspiraciones absolutamente legítimas.

La solución no está en la criminalización de un fenómeno multifactorial. Las soluciones deben partir de una perspectiva integral, regional y de acciones concertadas.

La falta de documentos no despoja a nadie de sus derechos humanos.

En este contexto, florecieron personas con gran sensibilidad y aprecio por la vida.

Me refiero a Las Patronas, representadas en este acto por Norma Romero Vásquez; una mujer que después de que un migrante centroamericano en el desamparo tocó la puerta de su casa, despertó en ella la voluntad de ayuda a los demás, la necesidad de socorrer y atenuar el dolor que padecen los migrantes en su travesía por encontrar un lugar con mejores expectativas de vida.

El trabajo que desde hace 18 años lleva a cabo Norma en Amatlán de Los Reyes, Veracruz, es un ejemplo de su deseo por ayudar, sin esperar nada a cambio. Es un ejemplo de solidaridad, de entrega y de amor al prójimo.

Sin importar el miedo, los peligros y enfrentando la indiferencia, y aún en muchos casos, la complicidad de algunas autoridades, sólo impulsada por su entereza y valentía, Norma se dio a la tarea de atender a este grupo social que padece una alta situación de vulnerabilidad.

Estas nobles acciones inspiraron a otras mujeres a sumarse a esa labor, y así nació la organización conocida como Las Patronas, en el estado de Veracruz.

Desde entonces, esta agrupación se dedica a brindar alivio a los migrantes a su paso por el tren conocido como La Bestia; ofreciéndoles agua y comida, pero sobre todo, generando una percepción humanitaria en quienes carecen de lo más elemental.

El quehacer altruista, generoso y solidario iniciado por Norma y seguido por Las Patronas, es un conmovedor reflejo de bondad y entrega reconocido en México y, también, hoy por hoy, reconocido, también, más allá de nuestras fronteras.

Estos esfuerzos permiten hacer visible la solidaridad y apoyo a un sector en condiciones altamente vulnerables. Me refiero a los migrantes.

Por ser un ejemplo de coraje, tenacidad y perseverancia en favor de las personas que se encuentran en condiciones desfavorables, hoy rendimos a Norma Romero un reconocimiento, con la Entrega del Premio Nacional de Derechos Humanos 2013.

Muchas felicidades, Norma, por este premio.

También, en este día le otorgamos una mención honorífica a Juan Manuel Estrada Juárez.

La labor de este mexicano se destaca por encabezar la lucha por la protección de los derechos de la infancia, y despertar la conciencia social sobre el grave problema que padece la niñez.

A pesar de los esfuerzos legales que se han emprendido en nuestro país en los últimos años, aún persisten acciones vergonzantes, que generan un gran dolor a las niñas y a los niños.

Prevalecen prácticas como el uso de la fuerza y la violencia en el núcleo familiar y social, que lejos de ser un refugio, en muchas ocasiones se constituye en un ambiente violento, donde la niña o el niño son objeto de conductas agresivas, manifestadas, no sólo a través del maltrato físico, sino, también, a través del abandono.

Esto exige una transformación de fondo en la sociedad. Un cambio sustancial que comience por la supresión de esos patrones de maltrato.

Durante más de una década, Juan Manuel Estrada y la asociación civil que preside: la Fundación Nacional de Niños Robados y Desaparecidos, FYND; inspirado por su amor a la infancia y el compromiso por abatir este desolador panorama, se plantearon como misión en la vida rescatar a las niñas y los niños que son separados indebidamente del seno familiar.

De igual forma, asumieron el compromiso de prevenir a la sociedad mexicana sobre el grave problema que enfrentan las familias que son víctimas de la terrible desaparición o sustracción de sus hijos, que en muchas ocasiones terminan en las peores formas de explotación física o sexual, extracción de órganos, adopciones ilegales o privación de la vida.

Como resultado de su trabajo, se han promovido cambios para evitar el abandono institucional, y se pusieron al descubierto redes criminales de pornografía infantil en el ámbito internacional, que derivaron en la detención de diversos delincuentes. Y se ha logrado recuperar a menores sustraídos en Guatemala, Estados Unidos, Canadá, y otros países del mundo.

Por todo este trabajo, hoy, también, se otorga un merecido reconocimiento a Juan Manuel Estrada Juárez.

Muchas felicidades, Juan Manuel.

Señor Presidente de los Estados Unidos Mexicanos.

Señoras y señores:

Estos reconocimientos deben servir para reflexionar, tomar consciencia y actuar todos juntos por el bien de los derechos humanos.

En muchos rincones del país existen mexicanos excepcionales, que siguen por este sendero y se entregan para hacer el bien a los demás. Norma Romero Vásquez y Juan Manuel Estrada Juárez son una muestra de ello.

A pesar de los días y las horas de entrega y sacrificio, de sufrir el cansancio y las adversidades de diversa índole, siempre mantienen y tienen firme su compromiso generoso para seguir al frente de una causa que nos enseña y nos motiva a no ser indiferentes a la tragedia, a la injusticia y al dolor ajeno.

Representan, ustedes, un buen ejemplo de nobleza para quienes aspiramos a erradicar conductas que atentan en contra de la dignidad de las personas. Hoy, más que nunca, necesitamos de su liderazgo para enviar un mensaje a todos los mexicanos; de que sí es posible abrir caminos más solidarios y más humanos.

Que el premio a Norma Romero y la mención honorífica a Juan Manuel Estrada, se hagan extensivos a todos aquellos que por iniciativa propia, voluntaria, y sin esperar recibir nada a cambio, llevan acciones en diferentes espacios públicos y privados, que abonan a la construcción de una cultura de defensa y mayor protección de los derechos humanos.

Valga, por ello nuestro mayor reconocimiento a los dos. Convencidos de que si hacemos del tema de los derechos humanos un compromiso de todos, seguramente, más pronto que tarde, veremos solucionados muchos de los problemas que enfrentamos.

Muchas gracias, y enhorabuena.

-MODERADORA: Veremos, enseguida, la proyección del video: Semblanza de la Galardonada con el Premio Nacional de Derechos Humanos 2013, Norma Romero Vásquez.

(PROYECCIÓN DE VIDEO)

-MODERADOR: A continuación, el Presidente de los Estados Unidos Mexicanos y el Presidente de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos entregarán el Premio Nacional de Derechos Humanos 2013, a la ciudadana Norma Romero Vásquez.

(ENTREGA DE PREMIO)

-MODERADOR: También, el Presidente de la República realiza la Imposición de Medalla y Entrega de Mención Honorífica al ciudadano Juan Manuel Estrada Juárez.

(IMPOSICIÓN DE MEDALLA)

-MODERADORA: A continuación, tiene el uso de la palabra la galardonada con el Premio Nacional de Derechos Humanos 2013, Norma Romero Vásquez.

-C. NORMA ROMERO VÁSQUEZ: Señor Presidente Enrique Peña Nieto; a todos los asistentes, amigos y amigas; colaboradores a la sociedad mexicana.

Agradecemos la oportunidad que se nos ha brindado en traer nuestra voz a este lugar, y agradecemos el premio que se nos otorga.

Pero, sobre todo, agradecemos a Dios y a la Virgen de Guadalupe que nos han guiado en esta obra y por quienes nos mantenemos en pie. Así como a todas las personas que en algún momento han estado acompañándonos y aportándonos su apoyo, ya sea con su trabajo o con un kilo de frijol o de arroz.

Nuestra labor de ayuda humanitaria comenzó como algo tan sencillo; alimentar a los migrantes, que nunca pensamos o tan siquiera imaginábamos que podríamos llegar a este punto.

Brindar alimento es una acción que pareciera simple. Sin embargo, algo tan cotidiano es en realidad una necesidad vital para muchos. Es, entonces, cuando brindar un taco puede salvar una vida.

Este premio representa para nosotros un voto de confianza de todos aquellos que nos han acompañado en nuestro caminar, de quienes han brindado las herramientas para que a lo largo de estos años nuestro trabajo continuara.

De quienes han creído que nuestra labor puede propiciar cambios positivos en nuestra sociedad y la de la población migrante.

Por lo tanto, el presente premio también es una motivación para seguir trabajando con mucho amor por los derechos humanos, de aquellos que salen de sus países persiguiendo un sueño.

Son jóvenes, mujeres y hasta niños, personas con familia; madre, padre, hermanos en busca de una oportunidad, al igual que cada uno de los aquí, presentes. Sólo que ustedes no son llamados criminales por querer mejorar la calidad de vida de sus seres amados.

La migración es, hoy en día, una problemática que engloba muchas otras y que, en suma, representan un obstáculo para el desarrollo de los países. Pero uno debe de hablar de lo que conoce, y en este caso, es México.

Porque recordemos que, también, salen de todas partes nuestros hermanos migrantes.

Es así que México, visto con nuestros ojos, los ojos de Las Patronas, se encuentra fracturado, atravesado por la violencia, por la impunidad, por la apatía, por la discriminación, por la falta de oportunidades reales y una lista de cosas más que no podría terminar, pero que se relacionan entre sí.

A lo largo de los 18 años que llevamos trabajando, hemos presenciando muchos cambios en nuestras ciudades y comunidades, que han modificado la forma en que vivimos y vemos las cosas.

Antes, las personas podían vivir del campo, de la tierra tan fructífera que tenemos en México. Antes, de niñas, podíamos corretear entre los sembradíos tranquilamente. Íbamos a la escuela y trabajábamos en la recolección de la caña y del café, cuando éste aún tenía un precio digno.

Nos enseñaban que en la vida había que trabajar para poder llevarnos el pan a la boca. Que nada te llegaba fácil, y que si en algún día nos llegaba el éxito, no había que olvidarnos de lo que teníamos y éramos, y era, también, a causa de los demás.

Vivíamos de una manera humilde, quizás, pero era buena; con principios y valores. Ahora, sin embargo, las cosas son muy diferentes.

Creemos que más que avanzar, hemos ido en retroceso; porque la idea del progreso sustentada en aprovecharse de las necesidades de los que menos tienen, no puede ser más que una violación a sus derechos humanos.

Tristemente, esto lo hemos aprendido a lo largo de estos años trabajando con migrantes. Quienes ahora no son considerados como personas, sino como mercancías, que pueden ser negociadas, cambiadas o eliminadas sin consideración alguna.

Y la misma situación atraviesan nuestras mujeres, nuestros niños y niñas, y toda la juventud; quienes tienen el cambio en sus manos, siempre y cuando se les brindaran las herramientas necesarias, pero, desgraciadamente, estamos desperdiciando esta oportunidad.

En la comunidad de La Patrona, perteneciente al Municipio de Amatlán de Los Reyes, Veracruz, donde hemos vivido toda nuestra vida, hay alrededor de más de 20 cantinas y tan sólo cuatro escuelas; lo cual prueba el estado de abandono en que nos han dejado como pueblo mexicano.

Y prueba, también, es lo que hemos permitido hasta ahora por no participar activamente para mejorar la situación en la que vivimos. Nosotros no sólo nos dedicamos a la atención de los migrantes. Cada una de las mujeres trabajamos en el comedor.

Somos, también, madres y campesinas; y de ello, nos permite hablar de la situación tan precaria en la que vivimos la mayoría de los y las mexicanas. Y es que al parecer no hay congruencia entre el sueldo mínimo al que acceden los trabajadores y los servicios públicos que debemos pagar.

Permítanme contarles la historia de doña Tere, una señora de la tercera edad, quien ha colaborado con nosotros desde hace un tiempo, y que debe viajar un par de horas para poder ganar algunos pesos, que al final del día sólo le servirán para regresar a su casa.

Bajar de la sierra donde vive le cuesta 50 pesos, entre los autobuses que debe tomar. Al llegar a Córdoba a trabajar todo el día lavando ropa ajena para ganar 50 pesos, con los cuales apenas si les alcanzará para regresar a su casa, sin un peso.

Me encontré con doña Tere una mañana en el autobús, y al contarme su historia le propuse que nos ayudara en lo que pudiera, y a cambio le ofrecí todo lo que hay en nuestro comedor: pan, frijoles, arroz, algunas frutas que nos donan y todo lo que podía llevar consigo.

El caso de doña Tere es sólo uno entre los muchos que sirven de ejemplo para explicar porque la gente se ve en la necesidad de abandonar su hogar y salir a buscar a otro lado lo que bien pudiera encontrar en su tierra.

La realidad del campo mexicano es que, siendo uno de los sectores más importantes, es el que más ha sufrido los cambios de la modernidad.

Conforme crecíamos, vivir de la producción del café y de la caña era posible. Ahora, ni siquiera tiene un valor real que nos permita subsistir del cultivo.

Es por todo esto y más que se requieren medidas que nos permitan a nosotros, los mexicanos, trabajar dignamente.

No queremos que nos resuelvan la vida o que nos pongan todo en bandeja de plata.

Queremos oportunidades de desarrollo, que no sean temporales para tapar el sol con un dedo, sino que se impulsen oportunidades reales y de calidad; que a los jóvenes se les permita descubrir todo un mundo de posibilidades en lugar de mundo hostil y limitado que conocen ahora; que tengan acceso a la cultura y a la educación, que les liberen algún día para poder conocer otros lugares, pero sin la necesidad de subirse a una bestia moderna de metal.

Porque si bien amamos la obra a la que nos llamó Dios, no queremos pasar toda nuestra vida dando de comer. Queremos que algún día no hagan falta Las Patronas. Entonces, sabremos que estamos avanzando.

Al defender los derechos de los migrantes, creemos firmemente que también defendemos los derechos de todos y todas, no importando la nacionalidad, porque no al no existir las condiciones de vida que a uno le permitan desarrollarse en todas las maneras humanamente posibles, sin pretensiones o ambiciones desmedidas.

Todos los derechos básicos para todas las personas son violentados, o simplemente no existen. Es de ahí, la importancia de la labor que realizamos no sólo Las Patronas, sino todas aquellas organizaciones, colectivos que trabajan actualmente porque esos derechos sean respetados, y no sólo eso; sino que se garantice su cumplimiento.

La acción colectiva, la unión para hacer las cosas buenas que nos favorezcan, es posible.

La organización no sólo debe estar en el crimen, sino también entre la sociedad y los que nos gobiernan. Si cada quien hace lo que le corresponde, y nos comprometemos en verdad con la causa por muy difícil que parezca, seguro lograremos mejorar las condiciones de vida para todos y todas.

Por supuesto, como todo lo bueno cuesta en esta vida, no podemos asegurar que va a ser fácil o que no habrá riesgos o errores en el camino. Sin embargo, los momentos de dicha personal serán muchos.

Como mujeres de fe que somos, consideramos de vital importancia hacer una invitación a todas aquellas instituciones, personas, que se digan o se consideren espirituales, para que no actúen conforme a lo que creen y no permitan que las creencias tradicionales los alejen de la realidad.

Una realidad en que las personas están muy necesitadas de palabras de aliento, esperanza y amor y fe. No nos conformemos, hermanos y hermanas. Nuestro deber como sociedad es no callarnos, sino denunciar, participar y proponer.

Y pedimos al señor Presidente Enrique Peña Nieto, se nos escuche y podamos crear un diálogo entre la sociedad y los que nos representan.

Porque no se trata de criticar o juzgar a quienes se han equivocado o a quienes han traicionado a la Patria. Lo verdaderamente importante en estos tiempos, es actuar; es llevar el mensaje de las cosas que pueden mejorar, y que cada quien, desde su vida cotidiana, puede propiciar un cambio.

Hacemos un llamado a las instituciones y a la sociedad civil para que se pongan las pilas y trabajen para su pueblo. A que no se basen en las apariencias, sino en los hechos. Estos son los que verdaderamente cuentan.

Los invitamos a que vivan la experiencia de compartir el pan con los más vulnerables. Les prometo que no se arrepentirán.
Nosotras, Las Patronas, luchamos por todo esto. Porque sabemos que no hay que cerrar los ojos y esperar a que los problemas nos pasen a nosotros o les pase a nuestros hijos, padres o hermanos.

Luchamos por los migrantes que salen en busca de un sueño o una vida mejor, lo que muchos consideran imposible. Pero luchamos, sobre todo, porque ese sueño ojalá y algún día se convierta en realidad.

Muchas gracias.