Por Enrique Peña Nieto

La historia suele recordar a los grandes personajes por su legado material o ideológico, pero han sido muy pocos quienes además trascienden por su liderazgo moral. Sin duda, se trata de una cualidad muy necesaria en estos tiempos, cuando nuestra capacidad técnica no siempre va a la par de la sabiduría requerida para dar un rumbo certero a nuestros esfuerzos como humanidad.

Shimon Peres, amigo cercano de México, es una de esas grandes figuras universales que han inspirado y tocado la vida de millones de personas, por encima de credos religiosos, orígenes étnicos o preferencias políticas.

Es por ello que hoy, Jefes de Estado y de Gobierno de todo el mundo nos hemos dado cita en Jerusalén, para unirnos en un duelo que nos obliga a reflexionar sobre el futuro de paz y prosperidad que aspiramos a construir como comunidad internacional.

El ex Primer Ministro del Estado de Israel fue un líder en todo el sentido de la palabra. Amó a su país y le sirvió con pasión. Y también fue un idealista que, por haber vivido la guerra, se atrevió a soñar e impulsar un futuro de paz en Oriente Medio.

En su discurso al asumir la Presidencia de Israel, en 2007, Peres le hizo una petición a su pueblo: “Permítanme seguir siendo un optimista. Permítanme mantener la capacidad de soñar”. Ése fue su sello a lo largo de más de siete décadas de vida política: creer en un mejor futuro. Siempre supo que el pesimista ya está derrotado y que la adversidad no es una excusa para la inacción, sino una invitación a ser audaz.

Luchó incansablemente en favor de la reconciliación entre israelíes y árabes, especialmente con el pueblo palestino, bajo la premisa de que la paz no se gana derrotando a un enemigo, sino que se gana construyendo junto a un aliado.

Peres sabía que ese camino era arduo, que requería paciencia y valentía, pero estuvo dispuesto a andarlo; dispuesto a asumir los costos políticos. Gracias a esta convicción, en 1994 fue reconocido con el Premio Nobel de la Paz, junto con el entonces Primer Ministro de Israel, Issac Rabin, y el líder palestino Yasir Arafat.

El ex Presidente del Estado de Israel fue un gran aliado de México, siempre dispuesto a privilegiar puntos de encuentro y vías de colaboración. Visitó nuestro país en seis oportunidades y desde distintas responsabilidades, contribuyendo en todo momento a fortalecer y proyectar la amistad que une a nuestros pueblos.

Personalmente, tuve el privilegio de conocerlo e intercambiar ideas con él en cinco ocasiones. Cada una de ellas, fue una oportunidad para dialogar y conocer la visión ―siempre lúcida y franca― de uno de los arquitectos de la historia contemporánea, de un integrante de la generación de los padres fundadores de Israel.

Hoy, el pueblo de México se une al duelo de sus familiares y amigos, al de todo Israel y al del pueblo judío en todo el mundo, para quienes Shimon Peres representa una inspiradora figura de unidad, liderazgo y sabiduría.

De manera especial, quiero expresar mi solidaridad con la comunidad judía en México, integrada por más de 50 mil mujeres y hombres, que todos los días contribuyen a construir un mejor país con su talento, patriotismo, ética de trabajo y capacidad de innovación.

Peres nos deja un legado vigente y, hoy más que nunca, necesario: por encima de ideologías o preferencias partidistas, la función de la política es buscar acuerdos para generar soluciones.

Estoy convencido de que la mejor forma de honrar al gran hombre que fue Shimon Peres, es poniendo en práctica la reflexión que nos compartió al despedirse de la presidencia de su país en 2014: “Aún quedan esclavos que liberar, vidas que salvar, justicia que defender; aún queda un mundo que mejorar”.

Descanse en paz, Shimon Peres, líder israelí, hombre universal y amigo de México.

Texto publicado en El Universal