La Ley General de los Derechos de las Niñas, Niños y Adolescentes marca un cambio de paradigma. Son las nuevas reglas del juego: el interés superior de la niñez les pone ahora en el centro de la atención social. El nuevo enfoque de derechos para niñas y niños resalta la prevalencia del derecho de niñas y niños a ser cuidados y atendidos por su madre y también por su padre; es decir, por ambos padres, o bien por las personas tutoras de sus derechos.

Las y los bebés, incluso en el seno materno durante el embarazo, ya son titulares de derechos como el de la salud y, al nacer, el derecho a vivir en familia, a la supervivencia y al desarrollo.

Esta nueva perspectiva de derechos para niñas y niños no contradice el derecho de las madres y también de los padres. Al contrario, ambos derechos apuntan en la misma dirección porque la Convención sobre los Derechos del Niño establece que el Estado debe garantizar “el reconocimiento del principio que ambos padres tienen obligaciones comunes en lo que respecta a la crianza y el desarrollo del niño”.

Del mismo modo, la Convención sobre la eliminación de todas las formas de discriminación contra la Mujer, CEDAW, explicita que los derechos de las trabajadoras deben ser protegidos ante potenciales discriminaciones originadas por la maternidad.

Con esto, los Estados deben prohibir y sancionar prácticas discriminatorias e implementar licencias pagadas, prestación de servicios de cuidado y otras medidas que permitan combinar las responsabilidades laborales y familiares de ambos padres.

En la elaboración de  las políticas públicas, se deberán  tomar en cuenta ambos enfoques.

En el caso de los padres, la legislación que permite las licencias parentales por nacimiento, adopción o tutela. Pero la diferencia en Latinoamérica entre el tiempo que se otorga a las madres y a los padres es abismal, porque sólo se consideran garantías relacionadas con la función biológica exclusivamente reproductiva (embarazo, parto, recuperación y lactancia) relacionada con la mujer.

En Latinoamérica el promedio de licencia para las madres es de 12 a 13 semanas, la licencia por paternidad apenas alcanza de 2 a 5 días (cifras de 2015).

El axioma implícito para esta diferencia es el modelo de familia predominante en la región, donde se subraya el rol reproductivo para la mujer mientras que al hombre se le asigna el de proveedor familiar.

En ambos casos, aunque ambos trabajen, estos dos roles son predominantes en las legislaciones laborales, lo que resulta en diferencias en los días asignados a las licencias por el nacimiento de las hijas e hijos. En pocos casos, la legislación considera a las y los bebés como titulares de derechos y los entrelaza con los de padres y madres.

En el caso de México, aunque la situación de las licencias parentales ha mejorado porque ahora se otorgan por una semana laboral, aún se encuentra muy por debajo del promedio de la OCDE que es de 8 semanas.

Algunos países por debajo de México: Estados Unidos (cero), Israel (0), Canadá (0).

Algunos países por encima de México: Corea del Sur (1 año), Japón (1 año), Francia (28 semanas).

Para que se tienda a igualar el tiempo de las licencias por nacimiento de padres con la de las madres, que la titularidad sea indiferenciada o neutra, se requiere asumir un modelo de familia con una doble fuente de ingreso, proveniente del trabajo de ambos cónyuges, que si esté en consonancia con las realidades laborales que se viven en México.

En ese sentido, las y los bebés también deben ser tomados en cuenta como titulares de derechos: tienen el derecho de recibir atención de ser cuidados por ambos progenitores.

Para llegar a esta solución justa para las tres partes, madres, padres, bebés) en una legislación moderna, hay que derribar el mito de que las licencias generan costos laborales indirectos.