Descarga publicación en PDF "La deforestación de la península de Yucatán y la sabiduría maya"

Mucho se ha escrito sobre la situación ambiental de la península de Yucatán (PY), una región habitada por la cultura maya desde hace 3,000 años, y existe una especial preocupación por parte de los conservacionistas en lo que concierne a su futuro. La destrucción de los hábitats selváticos y sus especies no se ha detenido en las últimas dos décadas (Figura 1). Un estudio sobre los procesos de cambio de cobertura y uso de suelo en la PY durante los últimos 50 años identifica las causas directas y los factores subyacentes relacionados con su deforestación: la ganadería –de reses, cerdos y pollos–, la agricultura comercial de cultivos promovidos por los programas de colonización y desarrollo agropecuario de los gobiernos, el crecimiento de la población y de los mercados, el desarrollo turístico y los frecuentes incendios forestales que se presentan en ese territorio.[1] Por otro lado, el mismo estudio precisó que la agricultura tradicional o de subsistencia –la milpa maya– y/o el manejo comunitario de las selvas operan como actividades positivas, es decir, evitan o atenúan los procesos deforestadores.

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Figura 1. Ritmo de la deforestación entre 2001 y 2018 en la península de Yucatán. Fuente: Global Forest Watch.

Al mismo tiempo, se ha escrito bastante sobre la historia de los mayas y sus relaciones con su entorno ambiental, sus colapsos demográficos y sus recuperaciones. Constituye hasta hoy un gran misterio cómo ha logrado persistir por tan largo tiempo la civilización maya. Tras más de cinco décadas de nutridas investigaciones y discusiones de arqueólogos, etnohistoriadores, geógrafos y ecólogos, entre otros, la principal conclusión es que los mayas utilizaron una estrategia agrosilvícola o un “jardín forestal-milpero”.[2] En la perspectiva diacrónica de relacionar los eventos del pasado, presente y futuro se ha impuesto el principio de que “la mejor forma de comprender el presente es conocer el pasado”, y muy poco o casi nada se ha explorado su contraparte lógica: “el pasado se entiende mejor conociendo el presente”.

Los estudios que realizamos sobre las relaciones de las comunidades mayas de la PY desde una perspectiva etnoecológica nos permitieron develar una estrategia de manejo de la naturaleza que no sólo confirma con evidencias actuales lo explorado por los estudios históricos, sino que se antoja un elemento clave para entender lo procesos de destrucción biológica y ecológica actuales.[3] La lección, olvidada o soslayada por la gran mayoría de los académicos, los planeadores y los funcionarios, es muy sencilla: hay que aprender de la cultura que ha habitado esa región por más de 3,000 años. Su resiliencia ante los eventos impredecibles y las calamidades de su entorno es un tema recientemente estudiado.[4]

La Figura 2 muestra con detalle el modelo de manejo múltiple de las familias de las comunidades mayas actuales, según se deriva del análisis de las decenas de  estudios realizados, de manera fragmentaria o no, en la PY. Nuestro análisis etnoecológico –que aborda las relaciones entre una sociedad y la naturaleza desde una perspectiva triple, la cosmovisión o sistema de creencias (kosmos), el repertorio de conocimientos (corpus) y las practicas que utilizan (praxis)– reveló que la tal resiliencia, proviene de una cierta sabiduría resultado de la articulación de una visión sagrada del mundo natural, un detallado conjunto de conocimientos climáticos, topográficos, florísticos, faunísticos, de suelos, hidrológicos y ecológicos, así como la puesta en práctica de actividades que se combinan en el espacio y en el tiempo. Esta sabiduría maya es una suerte de memoria biocultural, experiencia acumulada a lo largo del tiempo no exenta de innovaciones, incluyendo las que resultaron de la Conquista europea y las que genera el mundo industrial moderno.[5]

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Figura 2. Estrategia de uso múltiple adoptada por las familias mayas yucatecas. La estrategia que supone un manejo agroforestal incluye la milpa (kol), que por lo común permite tres ciclos agrícolas en promedio antes de ser abandonada, las diferentes etapas de regeneración de la selva (con sus nombres mayas), las selvas maduras, y los sistemas forestales manejados (como el pet-kot y el tolché), el huerto familiar y otros sistemas agrícolas. La caza, recolección, extracción de leña, apicultura y meliponicultura se realizan tanto en la milpa como en las áreas bajo restauración de las selvas.

El resultado es un mosaico de paisajes agroforestales (Figura 3) y un soberbio uso de la biodiversidad que contrastan con los monótonos cultivos, plantaciones y áreas ganaderas impuestos en las últimas décadas. En promedio, cada familia maya utiliza entre 20 y 50 especies en la milpa, hasta 387 especies en sus huertos familiares, de 35 a 103 especies melíferas en la apicultura, hasta 250 especies extraídas o recolectadas y hasta 18 especies capturadas por la cacería. La estrategia maya no sólo tiende a mantener áreas selváticas combinadas con las parcelas de diferentes edades, sino que conoce y aprovecha toda una variedad de especies vegetales y animales. Es una estrategia biológicamente amigable.

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Figura 3. Los paisajes en mosaico, resultado del uso múltiple, son comunes en las comunidades mayas de la península de Yucatán y fácilmente detectables con el Google Earth. A la cobertura forestal que domina los reticulados urbanos, por la presencia de los solares o huertos familiares se suman fragmentos de cultivos y selvas de diferentes edades.

Se concluye entonces que la destrucción ambiental de la PY es el resultado de la sustitución gradual o súbita de la estrategia tradicional maya basada en la diversidad por una estrategia especializada y tecnológicamente intensiva –los monocultivos–, la cual tiene por único fin la lógica mercantil. Con base en lo anterior, podemos afirmar que los proyectos realmente apropiados deben partir de la estrategia tradicional para luego realizar un aprovechamiento que utilice todas las alternativas modernas de inserción en los mercados. Esto ha ocurrido ya con los ejidos forestales mayas de Quintana Roo –un millón de hectáreas de selva–, las cooperativas productoras de chicle, las comunidades que realizan conservación voluntaria y ecoturismo, y con la nueva Reserva Biocultural del Puuc, iniciada por cinco municipios mayas con apoyo gubernamental y académico. La lección es más que clara.

[1] Edward A. Ellis, Uriel Hernández-Gómez, José Arturo Romero-Montero (2017). “Los procesos y causas del cambio en la cobertura forestal de la península de Yucatán” en Ecosistemas 26.1, pp. 101-111.

[2] Así se argumenta en dos libros clave: Arturo Gómez-Pompa et al. (eds.) (2003). The Lowland Maya Area. The Haworth Press, Nueva York; Anabel Ford y Ronald Nigh (2015). The Maya Forest Garden: eight millennia of sustainable cultivation of the tropical woodlands. Routledge, Londres.

[3] Narciso Barrera-Bassols y Víctor M. Toledo (2005). “Ethnoecology of the Yucatec Maya: Symbolism, knowledge and management of natural resources” en Journal of Latin American Geography 4, pp. 9-41.

[4] Betty B. Faust y William Folan (eds) 2017. Pasos largos al futuro: la resiliencia socio-ecológica de los Mayas de Campeche en relación a los cambios climáticos. Campeche: Universidad Autónoma de Campeche.

[5] Víctor M. Toledo, Narciso Barrera-Bassols, Eduardo García-Frapolli y Pablo Alarcón-Chaires (2008). “Uso múltiple y biodiversidad entre los mayas yucatecos” en Interciencia 33, pp. 345-352; y Víctor M. Toledo y Narciso Barrera-Bassols (2008). La memoria biocultural. Icaria editorial, Barcelona.