Más allá de las diferencias biológicas y fisiológicas entre mujeres y hombres, existen distinciones social y culturalmente construidas basadas en el sexo de las personas. Dichos valores, atributos, creencias, papeles y representaciones sociales –implicados en el concepto de género– conciernen de manera específica a unas y a otros, y se traducen en desigualdades que tienden a afectar más a las mujeres. Además, las ubica en una posición de desventaja en los ámbitos privado y público.

Analizar cualquier situación tomando en cuenta lo anterior, significa aplicar la perspectiva de género con el propósito fundamental de que mujeres y hombres tengamos condiciones óptimas equiparables.

En el devenir histórico ha sido notorio que una de las manifestaciones de desventaja de las mujeres ha sido el uso del lenguaje. Con este instrumento pensamos, transmitimos e intercambiamos conocimientos y experiencias, nombramos sentimientos y construimos y reconstruimos cultura. Es la manera que tenemos para expresar nuestra concepción del mundo y a través de él reflejamos quiénes somos, cómo es y cómo cambia nuestra sociedad.

No obstante, el lenguaje también es una de las expresiones más importantes de desigualdad, tal como sucede con las mujeres, a quienes se ha invisibilizado en el discurso, lo que se traduce en discriminación y violencia. Dicha situación se ha conocido comúnmente como lenguaje sexista.

En contraste, el lenguaje incluyente evita el uso de expresiones sexistas en sus vertientes androcéntrica (centrarse en lo masculino y no nombrar a las mujeres) y la propiamente sexista (discriminación de las mujeres por el hecho de serlo).

En el ámbito de la salud es importante aplicar el lenguaje y la comunicación incluyente con perspectiva de género, considerando que el género es un determinante social de la salud-enfermedad que posibilita observar desde un punto de vista más integral (biológico, psicológico y social) las desigualdades de todo tipo entre mujeres y hombres, y a partir de ahí dirigir de manera equitativa a todas las personas, acciones de promoción de la salud, prevención de enfermedades, diagnóstico oportuno y calidad de atención con perspectiva de género. Con ello, será posible propiciar salud y mejorar la calidad de vida para las y los ciudadanos, en condiciones de igualdad.

Asimismo, con la aplicación del lenguaje incluyente se contribuirá al cumplimiento de los mandatos de la Ley General para la Igualdad entre Mujeres y Hombres, en su artículo 17, fracciones IX y XII, relacionadas con el uso de lenguaje no sexista y la eliminación de los estereotipos sexistas y discriminatorios en la administración pública federal. 

A continuación proporcionamos algunos ejemplos útiles, como referencia para la elaboración de comunicados administrativos y cualquier tipo de material con lenguaje incluyente en el ámbito de la salud.