Durante mi despliegue en Ciudad Juárez, nos solicitaron apoyo para visitar una escuela y colaborar en la problemática de inseguridad, además de fortalecer los vínculos institucionales con niños y jóvenes para que supieran cómo podíamos apoyarles.

La mecánica consistía en hablar con los directivos para agendar una cita y acudir a dar pláticas sobre diversos temas, así como conocer si algún estudiante tenía un problema en particular.

Se trataba de un desafío grande, porque algunas autoridades educativas se sentían amenazadas si la Policía se acercaba.

Para ese momento estaba latente el tema de las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez y sabíamos que la delincuencia se sentía amenazada ante nuestra presencia. Creían que si acudíamos a las escuelas, buscaríamos obtener de las y los niños información como la actividad a la que se dedicaban sus padres, lo cual era totalmente falso.

Las zonas a las que acudíamos eran muy marginadas, por lo que era muy importante transmitir nuestro mensaje de que la Policía Federal podía contribuir a la seguridad de la ciudadanía, fomentar los valores y brindar un apoyo directo a niños y jóvenes.

Al concluir el ciclo escolar y debido a la aceptación que logramos, las y los niños ya no nos veían como algo “malo” o de quien debían desconfiar. Poco a poco nos convertimos en las mujeres (policías) en las que podían hablar y confiar; incluso nos preguntaron cuándo regresaríamos.

Ante el fin de cursos y para nuestra sorpresa, los propios niños nos pidieron organizar un campamento de verano para que les enseñáramos cómo marchar en la escolta y el orden cerrado. Ante la petición solicitamos autorización de nuestros mandos, quienes aceptaron la propuesta; también se hizo contacto con la Dirección de Tránsito local, que nos brindó apoyo con un parque para la actividad y un autobús para trasladar a los niños.

Durante el campamento realizábamos diferentes actividades y hasta nos cooperábamos entre nosotros para la comida. Incluso llegamos a contar con el apoyo de algunos padres, quienes con los insumos que les dábamos, preparaban los alimentos.

Y así llegaba el gran momento, que era comer como en familia.

Los niños nos agradecían con un abrazo, “me ayudaste mucho” decían, o bien, nos platicaban su problemática. En ocasiones, para nuestra tristeza, nos contaban cómo eran maltratados por sus padres y de nuestra parte la misión era brindarles herramientas para vivir con valores y resiliencia, siempre en la búsqueda del buen actuar.

Para mí fue la oportunidad de valorar aún más mi trabajo, el hecho de contar con un techo, comida y la posibilidad de ayudar a otras personas.

Después de algún tiempo solicitaron voluntarios para ir a Michoacán a cortar el cabello, por lo que me di a la tarea de aprender dicha actividad, que se sumaría a labores de reparto de despensas, así como ayuda al servicio médico y dental.

Cuando llegamos a la comunidad, las personas creyeron que se les iba a cobrar. Al saber que era gratuito, la gente se comenzó a acercar.

Fueron tres meses de intensa labor social, en la que como policía federal tuve la oportunidad de sensibilizarme aún más de la importancia que tiene mi labor y de la gran oportunidad que todos tenemos de apoyar a los demás.

 

Colaboración de Policía Tercera Contreras


Conoce 90 años de historias de la Policía Federal, un espacio en el que las y los propios policías son los protagonistas.