En la actualidad, los seres humanos vivimos a diario con estrés, lo cual es normal, sin embargo la presencia continua de ambientes estresantes y el vertiginoso ritmo de vida a veces no permite un espacio de respiro y, en consecuencia, cualquier situación puede desencadenar un conjunto de emociones saturadas que no podemos controlar y puede llevarnos a actuar de forma impulsiva. Hasta hace algunas décadas fue que se empezó a hablar de las “Habilidades Sociales”, las cuales nos permiten tener un adecuado control y manejo de todas nuestras acciones y respuestas en la interacción diaria con los demás y con nosotros mismos, pero la pregunta es ¿cómo y en dónde empezamos ese entrenamiento? Los primeros años de vida son los que determinan la personalidad y conducta de una persona, entonces, este entrenamiento debe comenzar con todos los agentes educativos involucrados en el desarrollo infantil; primordialmente la familia y la escuela son quienes se encargan de formar a los niños y adolescentes en el desarrollo de las habilidades emocionales y sociales. La enseñanza de estas habilidades a través de competencias, nos permite trascender el hecho de sólo enseñar y acumular conocimiento, ya que nos permiten aplicar ese conocimiento en la vida diaria; Alejandro Castro Santander (2014), define las competencias en el sentido pedagógico como “…el conjunto de saberes, cualidades y comportamientos puestos en juego para resolver situaciones concretas.”

Para poder entender el significado de Competencias Emocionales y Sociales, tenemos que hablar de la inteligencia, y es hasta principios de los años 80’s, que su definición se concretaba al conjunto de capacidades intelectuales y en 1983, Howard Gardner introdujo el término de Inteligencias Múltiples, su teoría postulaba que todas las personas poseemos ocho tipos de inteligencias (lingüística, lógico-matemática, espacial, corporal-cinestésica, musical, interpersonal, intrapersonal y naturista), las cuales trabajan de forma conjunta, sin embargo, cada persona puede desarrollar más algunas que otras. En los años 90’s es cuando se da el auge de la Inteligencia Emocional, donde Mayer y Salovey (1990), la definen como “La habilidad para percibir, valorar y expresar emociones con exactitud, la habilidad para acceder y/o generar sentimientos que faciliten el pensamiento; la habilidad para comprender emociones y el conocimiento emocional y la habilidad para regular las emociones promoviendo un crecimiento emocional e intelectual.”

Fue Daniel Goleman (1999), quien definió el término de competencia emocional como la capacidad que tienen las personas para expresar sus propios sentimientos de una forma asertiva, contribuyendo así en la obtención de un objetivo común. Esta definición nos da dos directrices, la primera encaminada a la competencia emocional – personal, en donde hace referencia a la relación que tenemos con nosotros mismos y la segunda dirección hace referencia a la competencia emocional – social, es decir, las relaciones que establecemos con las demás personas.

De acuerdo con Alejandro Castro Santander (2014), los alumnos emocionalmente inteligentes poseen un buen nivel de autoestima, aprenden más y mejor, presentan menos problemas de conducta, se sienten bien consigo mismos, son personas positivas y optimistas, tienen la capacidad de entender los sentimientos de los demás, resisten mejor la presión de sus compañeros, superan sin dificultad las frustraciones, resuelven bien los conflictos, son más felices, saludables y tiene más éxito.

Seligman y Csikszentmihalyi (2004) afirman que promover competencias en los niños favorece la identificación y fortalecimiento de sus cualidades predominantes, les ayuda a encontrar los espacios donde puedan expresarlas y puede incrementar cambios que favorecen el manejo exitoso de las dificultades actuales y las que deberán afrontar en el futuro.

Es en este punto donde radica la importancia de incorporar desde temprana edad el desarrollo de las competencias emocionales y sociales en los niños y adolescentes, además que con ello dentro de los centros escolares se tendrán alumnos menos estresados, lo que conlleva a un mejor aprendizaje, espacios libres de violencia, una convivencia pacífica, inclusiva y democrática, menores tasas de deserción y alumnos capaces de resolver conflictos de forma asertiva.

Esto ayudará a su vez a generar un cambio en los integrantes de las familias, en todo el personal académico y administrativo de cada escuela, y de este modo, crear un país menos estresado y libre de violencia.

Psic. David Israel Correa Arellano

 

Bibliografía

  • Branden, N. Los seis pilares de la autoestima. Barcelona, Paidós, 1995.
  • Castro, A. Analfabetismo emocional. Buenos Aires, Bonum, 2014.
  • Fernández, I. Guía para la convivencia en la escuela. Barcelona, CISS-Praxis, 2001.
  • Gardner, H. Inteligencias múltiples: La teoría en la práctica. Barcelona, Paidós, 1995.
  • Goleman, D. La inteligencia emocional. México, Vergara, 2000.
  • Salovey, P. & Mayer, J.D. Emotional Intelligence. Imagination, Cognition, and Personality, 9, 185 – 211, 1990.
  • Seligman, M. & Csikszentmihalyi, M. Positive Psychology: An introduccion. American Psychologist, 55 (1), 5-14, 2000.

    En la actualidad, los seres humanos vivimos a diario con estrés, lo cual es normal, sin embargo la presencia continua de ambientes estresantes y el vertiginoso ritmo de vida a veces no permite un espacio de respiro y, en consecuencia, cualquier situación puede desencadenar un conjunto de emociones saturadas que no podemos controlar y puede llevarnos a actuar de forma impulsiva. Hasta hace algunas décadas fue que se empezó a hablar de las “Habilidades Sociales”, las cuales nos permiten tener un adecuado control y manejo de todas nuestras acciones y respuestas en la interacción diaria con los demás y con nosotros mismos, pero la pregunta es ¿cómo y en dónde empezamos ese entrenamiento? Los primeros años de vida son los que determinan la personalidad y conducta de una persona, entonces, este entrenamiento debe comenzar con todos los agentes educativos involucrados en el desarrollo infantil; primordialmente la familia y la escuela son quienes se encargan de formar a los niños y adolescentes en el desarrollo de las habilidades emocionales y sociales. La enseñanza de estas habilidades a través de competencias, nos permite trascender el hecho de sólo enseñar y acumular conocimiento, ya que nos permiten aplicar ese conocimiento en la vida diaria; Alejandro Castro Santander (2014), define las competencias en el sentido pedagógico como “…el conjunto de saberes, cualidades y comportamientos puestos en juego para resolver situaciones concretas.”

    Para poder entender el significado de Competencias Emocionales y Sociales, tenemos que hablar de la inteligencia, y es hasta principios de los años 80’s, que su definición se concretaba al conjunto de capacidades intelectuales y en 1983, Howard Gardner introdujo el término de Inteligencias Múltiples, su teoría postulaba que todas las personas poseemos ocho tipos de inteligencias (lingüística, lógico-matemática, espacial, corporal-cinestésica, musical, interpersonal, intrapersonal y naturista), las cuales trabajan de forma conjunta, sin embargo, cada persona puede desarrollar más algunas que otras. En los años 90’s es cuando se da el auge de la Inteligencia Emocional, donde Mayer y Salovey (1990), la definen como “La habilidad para percibir, valorar y expresar emociones con exactitud, la habilidad para acceder y/o generar sentimientos que faciliten el pensamiento; la habilidad para comprender emociones y el conocimiento emocional y la habilidad para regular las emociones promoviendo un crecimiento emocional e intelectual.”

    Fue Daniel Goleman (1999), quien definió el término de competencia emocional como la capacidad que tienen las personas para expresar sus propios sentimientos de una forma asertiva, contribuyendo así en la obtención de un objetivo común. Esta definición nos da dos directrices, la primera encaminada a la competencia emocional – personal, en donde hace referencia a la relación que tenemos con nosotros mismos y la segunda dirección hace referencia a la competencia emocional – social, es decir, las relaciones que establecemos con las demás personas.

    De acuerdo con Alejandro Castro Santander (2014), los alumnos emocionalmente inteligentes poseen un buen nivel de autoestima, aprenden más y mejor, presentan menos problemas de conducta, se sienten bien consigo mismos, son personas positivas y optimistas, tienen la capacidad de entender los sentimientos de los demás, resisten mejor la presión de sus compañeros, superan sin dificultad las frustraciones, resuelven bien los conflictos, son más felices, saludables y tiene más éxito.

    Seligman y Csikszentmihalyi (2004) afirman que promover competencias en los niños favorece la identificación y fortalecimiento de sus cualidades predominantes, les ayuda a encontrar los espacios donde puedan expresarlas y puede incrementar cambios que favorecen el manejo exitoso de las dificultades actuales y las que deberán afrontar en el futuro.

    Es en este punto donde radica la importancia de incorporar desde temprana edad el desarrollo de las competencias emocionales y sociales en los niños y adolescentes, además que con ello dentro de los centros escolares se tendrán alumnos menos estresados, lo que conlleva a un mejor aprendizaje, espacios libres de violencia, una convivencia pacífica, inclusiva y democrática, menores tasas de deserción y alumnos capaces de resolver conflictos de forma asertiva.

    Esto ayudará a su vez a generar un cambio en los integrantes de las familias, en todo el personal académico y administrativo de cada escuela, y de este modo, crear un país menos estresado y libre de violencia.

    Psic. David Israel Correa Arellano

     

    Bibliografía

  • Branden, N. Los seis pilares de la autoestima. Barcelona, Paidós, 1995.
  • Castro, A. Analfabetismo emocional. Buenos Aires, Bonum, 2014.
  • Fernández, I. Guía para la convivencia en la escuela. Barcelona, CISS-Praxis, 2001.
  • Gardner, H. Inteligencias múltiples: La teoría en la práctica. Barcelona, Paidós, 1995.
  • Goleman, D. La inteligencia emocional. México, Vergara, 2000.
  • Salovey, P. & Mayer, J.D. Emotional Intelligence. Imagination, Cognition, and Personality, 9, 185 – 211, 1990.
  • Seligman, M. & Csikszentmihalyi, M. Positive Psychology: An introduccion. American Psychologist, 55 (1), 5-14, 2000.