Al municipio de Tlacoapa sólo habían podido ingresar por la vía aérea elementos del Ejército, pero este fin de semana el personal de la Secretaría de Desarrollo Social (Sedesol) logró llegar con ayuda humanitaria para las familias afectadas por el desbordamiento del río del mismo nombre, que derrumbó casas y desenterró a sus muertos.

Al frente de las brigadas de la Sedesol, el subsecretario de Participación Social y Desarrollo Comunitario, Javier Guerrero García, escuchó y atendió a las familias de esta comunidad, quienes sufrieron daños en casas y cultivos. “Cuentan con todo el apoyo del Gobierno de la República”, les dijo.

Con el apoyo de elementos del 93 Batallón de Infantería, llegaron dos camiones de volteo con más de 800 despensas, el cual tuvo que recorrer un camino de 75 kilómetros por la carretera Tlapa-Marquelia, con desviación a Tlacoapa, en seis horas de recorrido, difícil por el reblandecimiento de la tierra y los desprendimientos.

El pasado viernes, Laura Toribio, joven madre jefa de familia de Tlacoapa, llegó hasta la oficina de la Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas (CDI) en Tlapa para mostrar imágenes -grabadas en un celular- del río al descargar su furia contra la comunidad y a pedir ayuda. Horas después ella misma fue testigo de que su voz fue escuchada y atendida.

Acompañado de Luis Ernesto García Serrano, comandante del 93º. Batallón de Infantería, y del representante del gobierno del estado en la Montaña, Víctor Aguirre Alcaide, el subsecretario Guerrero García bordeó el río para ver directamente daños en viviendas y en el jardín de niños “José Mateos Carranza”.

El funcionario de la Sedesol también visitó los dos albergues de la comunidad, que desde hace más de 12 días administra el Ejército: el del Colegio de Bachilleres y el de la cancha de básquetbol, donde platicó con algunas de las casi 300 personas que ahí se encuentran, para conocer su situación.

“Llegamos el día 16 y nos dimos a la tarea de acondicionar el albergue. Había personas que no tenían donde ir y desde entonces les damos tres comidas diarias y un techo seguro, así como atención médica. Funcionamos con una planta de luz, porque aquí no hay electricidad ni agua potable. Los atenderemos el tiempo que sea necesario”, explica el Teniente de Infantería, Hugo Arturo Martín Castañeda.

De acuerdo a informes del Ejército, hay 142 viviendas desaparecidas; 755 personas afectadas en Tlacoapa y 18 en el Ahuehuete; 88 familias en riesgo y ningún deceso; existe la necesidad de establecer puente aéreo hacia la comunidad de Totomixtlahuaca.

El subsecretario Guerrero García instruyó al presidente municipal Efrén Merino Sierra para que 150 de las 800 despensas, se destinen para alimentar a las personas del albergue, así como que las medicinas no se concentren en la Alcaldía, sino a través de encargada de Salud, Jesenia Espino Barro Rosales, en un local acondicionado en lo que fue la sede de un grupo social contra las adicciones.

“Las despensas y las medicinas son para todos, sin distinción; aquí no hay partidos políticos ni simpatías, aquí todos son mexicanos y se debe atender a todas las personas que lo necesiten: esa es la instrucción del presidente Enrique Peña Nieto y de la secretaria Rosario Robles”, refrendó el subsecretario ante el munícipe.

Antes de llegar a Tlacoapa, el subsecretario de la Sedesol visitó los campamentos asentados a un lado de la carretera, para inspeccionar los sitios donde más tarde se instalarían los comedores comunitarios de Filo de Acatepec y Lucerna. El primero atenderá a los habitantes de Unión de Peras y el Tepeyac; el segundo, a los de la Lucerna y Mototepec.

“Llegan los helicópteros y se siente bonito…”

En Tlacoapa, la belleza de sus valles y montañas azuladas, cargadas de nubes limpias, contrasta con el color amarillento, denso y pegajoso del camino; con la pobreza que se ve al paso. Desde sus casas de adobe con techos de teja y un solo cuarto, los niños saludan en cuanto ven las camionetas. Se quedan mirando los camiones de volteo, corren y buscan atajos a por la carretera.

“Aquí la gente vive pobre. Come quelites de montaña, hongos, maíz, y cuando es la fiesta de San Pedro y San Pablo, el 28 de junio, comemos caldo de res o carne de chivo. Es bonita nuestra fiesta, pero ahora con la lluvia, quién piensa en eso. Está difícil, muy difícil”, cuenta Mayra, quien estudió hasta el bachillerato, conoció al padre de sus hijas en Tlapa y luego fue abandonada. Ahora vive con su madre y sus dos hijas del otro lado del río.

Habla en tlapaneco y en español. Sonríe y llora. Hay confusión y dolor en lo que dice: “Y, yo digo. ¿Qué hubiera hecho si ustedes no llegan? Traigo mi cartera de huevos, pero no hubiera alcanzado. Me escuchó el señor de la Sedesol y estoy agradecida. Por eso les digo, si un día pueden venir cuando haya fiesta en el pueblo, verán qué bonita es. Yo no les puedo pagar, pero el pueblo sabrá agradecer”.

Sigue contando: “Pensé que no pasaban los camiones con las despensas en El Paso del Diablo. Pero yo vi cómo si nos ayudamos ¡Pasamos! El señor de la Sedesol, su gente y los del ejército formaron una fila y fueron pasando las despensas de mano en mano. Luego, el de la maquina jaló y jaló a los trailers con la cadena. Es un paso muy difícil para los camiones y las camionetas, cada año. Vio usted como el agua tiró allí los ocotales; son árboles grandes, pero el agua es fuerte. Los dejó como palillos. Todo tira el agua, por eso se llevó las casas. Pero ahora ya viene el gobierno y eso nos da gusto. Ya casi llegamos. Nada más falta una bajadita”.

En el camino Mayra saluda a la señora Inés Marcos. Va sobre el camino cargando un costal en la espalda. Su sobrino Ixbán Alexis Rosas Márquez lleva un machete. Se sube a la camioneta y su primera expresión es: “¡Gracias por que vinieron a vernos; que Dios se los pague!”

Comienza a platicar sin detenerse:
-La noche más difícil de Tlacoapa fue la del sábado y la madrugada del domingo 15, a las tres de la mañana, porque el río golpeo tres veces, sólo tres, pero fue suficiente. Se llevó la mitad del panteón y desenterró a los muertos. Los restos quedaron regados entre el lodo y las piedras. Fueron enterrados inmediatamente, por miedo a las enfermedades”.

Alexis la interrumpe:
-Mira tía, mira, allí van los del Ejército…

Inés sigue contando:
-Al otro día ya no había casas ni nada. Mí comadre, la que vive allá abajo, se quedó sin su casita. Mucha gente jaló para arriba, para el cerro. Teníamos miedo. A mí por poquito me toca: el agua se quedó en la puerta de mi casita. Por fortuna no pasó a más.

-“Mira tía, como en las películas. Son los soldados con sus lentes, sus cascos y sus carros grises”-, dice Ixbán.

Inés Marcos sigue en su desahogo: 
-Se siente bien bonito cuando vienen los helicópteros con la ayuda, porque nosotros estamos solos aquí, en este rincón de la montaña. Ahora que llegaron ustedes, los de la Sedesol, le va dar alegría al pueblo. Aquí ni los de la televisión vienen porque no es negocio, porque somos pobres. Todo es Acapulco, Chilpancingo, Ixtapa Zihuatanejo, porque ahí hay dinero. Hay un dicho aquí en Guerrero que dice: se acuerdan de todos los municipios y siempre se olvidan de Tlamajalcingo del Monte y Tlacoapa. Ustedes no, ustedes no nos olvidaron.

Los camiones se detienen. No cruzan el puente de Tlacoapa. Se baja Mayra. Antes de levantar su costal, Inés señala hacia el río: “Dicen los de arriba que vieron cómo venía una culebra grande en el río, se hizo un nudo y fue cuando pegó fuerte contra el pueblo”. Ixbán levanta el pulgar antes de cruzar y sonríe. Las brigadas de la Sedesol y los elementos del Ejército, juntos, comienzan a descargar las despensas.

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