Tixtla, Gro., a 26 de septiembre de 2013 

26092013 tixtla 02 640jpg

26092013 tixtla 03 640jpg

26092013 tixtla 04 640jpg

En Tixtla el agua está podrida y huele a rancio. En la calle prolongación Insurgentes se amontona la gente y mira hacia el otro lado, hacia donde termina la inundación, como esperando una explicación de lo que ha pasado. Hay fila esperando las lanchas. Algunos vienen de San Antonio; otros, de más cerca, como Fructuoso Vázquez Zeferino, quien pide que lo lleven a lo que fue su tienda para pegar el folio que le garantizará el pago del Programa de Empleo Inmediato (PETI).

Fructuoso, de 68 años, es acompañado por su yerno Carlos Eduardo León, quien desde el día de la tragedia se ocupó de buscar un lugar seguro para los 13 miembros de la familia. Mueve la mano y sobre el agua aparece la sombra de sus agobios: “Todo, las casas, el panteón, los sembradíos, la cancha de básquetbol, se lo tragó el agua. Mire, hoy todo es agua, pura agua. No recuerdo haber visto antes algo así”.

Cuando comenzó la inundación, la mañana del domingo, Fructuoso le dijo a Carlos que buscara una camioneta para sacar algunas cosas, pero ya no les dio tiempo: en menos de media hora subió el agua y cuando abandonaron su casa, el agua ya les llegaba a la cintura.

“Sólo sacamos una bolsa de plástico con una muda de ropa. No más. Perdimos todo, y eso duele. A mí me duele porque mi suegro ya es una persona grande y mi suegra padece diabetes. ¿En qué van a trabajar si todo lo que surtió el sábado, un día antes, se perdió: azúcar, galletas, las cajas de huevo, los dulces, todo. Nosotros podemos empezar, estamos fuertes, pero ¿ellos? Por eso agradecemos que la Sedesol nos pague por limpiar la casa, pues es una ayudita. Algo, pues”, dice el joven que, como su mujer, trabaja de barrendero en la ciudad.

La desolación se alimenta de silencios. El agua turbia se convierte en manto lúgubre donde anidan las penas y se despinta el esplendor de la tarde. Todo huele a podrido. Fructuoso habla poco, pero con la vista sigue lo que ha quedado atrás: las gallinas abandonadas en los techos; el perro de pelambre blanca y manchas negras que aparece y desaparece sobre un techo de lámina…

A lo lejos se distinguen las puntas de las espigas, los postes de luz enanos, las puntas de las cruces del panteón y las hojas de los árboles. “No queríamos salir, pero vinieron los soldados y nos llevaron al albergue, junto a la Presidencia municipal. Ahí estamos ahora mi suegro, mi suegra, mis cuñados y sus hijos. Ahí llegaron los de Salud, del DIF y de la Sedesol para ayudarnos”, refiere Carlos.

Los brigadistas de la Sedesol nos hicieron preguntas y nos dieron este papelito que traigo en la mano, que dicen es lo que nos da la seguridad de que vamos a cobrar por limpiar nuestras calles y casas”, sigue Carlos mientras viaja en la lancha.

“La pregunta es cómo vamos a sacar el agua. Son más de cinco kilómetros. El problema es que tenemos una presa que se desbordó y una laguna que creció. Si no nos agarraba un agua, nos agarraba otra”, reflexiona en voz alta Fructuoso. Las palabras salen roncas de su pecho, sin ganas, como si no quisiera pronunciarlas. Clava la mirada en el espejo de agua, donde se refleja el sol saturado entre las nubes.

En la parte trasera de la barca, Javier, el costeño de Puerto Marqués, que vino para ayudar a los tixtlecos desde el inicio de la contingencia, detiene momentáneamente el motor y se levanta como si buscara algo.

- ¿Para dónde le sigo, Don?-, pregunta Javier a Fructuso.

- Da la vuelta aquí- le responde-. A la derecha, y luego derechito, síguete derechito.

Frente a una vivienda sin pintar y con el agua hasta el pecho, una mujer y su marido intentan sacar algunas pertenencias. Luchan afanosamente por salvar un sillón beige. No quieren que se moje, pero la tela muestra ya la humedad.

- Pare, pare -ordena Fructuoso al lanchero-. Pare, por favor…

Luego dice a Carlos:

- Jala la cuerda del techo, sin miedo. Acércate.

La lancha casi toca la pared y el anuncio de lámina de una marca de refrescos. Las ventanas están debajo del agua. A un lado se distinguen parcialmente los arcos de metal de lo que fue un invernadero.

- Mire casi tres metros de inundación-, comenta Carlos, al tiempo que se agacha y aprovecha para pegar la calcomanía con el número de folio de la Sedesol, en la parte superior derecha de la casa, junto al medidor, que es de lo poco que permanece seco.

- Yo quería que viniéramos, que pegáramos ese papel, porque es el compromiso del Gobierno de que nos va a cumplir, de que cuando baje el agua nos van a pagar por limpiar la casa. Así no se les va a olvidar.

- Así lo haremos, don Fructuoso. Tenga usted la seguridad. Esa es la instrucción que nos dio la secretaria Rosario Robles-, responde Gustavo, un brigadista de la Sedesol que lo ha acompañado en el recorrido.

Fructuoso es una de las 500 personas incorporadas al Programa de Empleo Temporal Inmediato (PETI) en Tixtla. Los brigadistas continúan sus recorridos casa por casa para conocer la situación de las familias y garantizarles un ingreso mientras dure la contingencia.

- … y si no fuera mucho pedir -agrega Fructuoso-, queremos que saquen toda el agua que se juntó aquí, en el valle, que inundó más de cuatro kilómetros. Mire, allá viven los de San Antonio, Telcaltzin, El Troncón, El Potrero, Zacazonapan. No los dejen solos.

El regreso es lento, penoso. Debajo de la lancha hay automóviles, cables, alambres de púas de corrales y animales muertos. El agua se los tragó.

Tres miembros de una familia aparecen en una balsa improvisada: una gran tina de plástico. Suena increíble, pero así es. El “marino” la engancha y la remolca hasta llegar a Prolongación Alberca, calle que da a la Iglesia de la Natividad, cuya fiesta fue el 8 de septiembre. Hoy de eso nada queda.

Carlos agarra la mano a su suegro y le informa que llegaron a Prolongación Insurgentes, al muelle improvisado.

El agua traza sobre las casas la línea de su enojo, que en los últimos once días sólo ha disminuido medio metro. Fructuoso toma entre sus manos los huaraches y desciende de la lancha. Sus pies descalzos avanzan sobre la banqueta de la casa verde, donde han colocado costales de arena para evitar filtraciones. Todos miran, pocos hablan. Desde adentro, desde lo lejos, llegan los aullidos quejumbrosos de los perros; vienen de los techos, donde quedaron atrapados y abandonados a su suerte.