Soy hombre de mar. El mar me gustó desde los nueve años y fue mi vida. Me dio todo, más alegrías que tristezas, seré sincero, porque para el pescador no hay tristeza mientras navega. Si hay buena pesca, viene cantando en su cayuco; si no, se conforma con lo que Dios le da ese día. Ahora que estoy viejo, con 100 años y seis meses de edad, todavía levanto los ojos para mirar la estrella del norte, que marca el rumbo y el camino en esta vida.

Quien esto cuenta es Manuel Jesús Luis Aguileta, uno de los 60 beneficiarios del comedor comunitario “El Pescador”, parte de los esfuerzos de la Cruzada Nacional contra el Hambre, ubicado en la Avenida Las Palmas, en la Colonia 7 de agosto, que funciona con la coordinación del Sistema DIF federal, estatal y municipal, apoyado por un comité de mujeres voluntarias. 

Virginia Reyes Martínez, una de las encargadas de preparar los alimentos, cuenta que los adultos mayores llegan a partir del mediodía para comer. Junto a ella, Manuel escucha atento mientras limpia uno de los barcos de madera que trajo “para esta fecha tan especial”. Doña Virginia le insiste en que coma, pero él responde que no tiene hambre, que lo disculpe por esta vez. 

En el comedor, Manuel es uno de los consentidos, porque todos conocen parte de su larga historia. En el malecón, los pescadores dan razón de él; en el barrio Ermita, donde vive, también. Es secreto a voces que cuando era joven, él mismo construyó su primer cayuco. 

En Champotón y Progreso le pusieron el sobrenombre de “La Ley”, porque pescaba entre 200 y 300 kilos diarios, es decir una tonelada a la semana, lo que nadie podía hacer de manera individual. Enseñó a varias generaciones los secretos del mar y los lugares donde viven los camarones y los pulpos. 

Por más de 10 años navegó en barco de vela y se dedicó a la pesca del camarón. En la década de los 50 fundó el Banco de Comercio Cooperativa, para evitar que los comerciantes malpagaran el producto a los pescadores y para ayudar a los más necesitados, según narró él mismo a la secretaria de Desarrollo Social, Rosario Robles Berlanga, durante su reciente visita al comedor comunitario “El Pescador”, donde supervisó el funcionamiento y la atención que se da a los adultos mayores, mujeres y hombres.

La Cruzada, un esquema solidario…

¿Están comiendo sabroso?, preguntó la secretaria de Desarrollo Social, Rosario Robles, a los adultos mayores que se distribuyen en cuatro mesas. La respuesta contundente es un “sí” cargado de ese ímpetu infantil que nunca se pierde en la vida y que estalla desde adentro cuando alguien está contento.

Mientras recorre los pasillos, la titular de la Sedesol saluda de mano a cada uno de los comensales. “No se vaya sin probar el pan de Campeche” -le recomienda un hombre de camisa azul y pelo ensortijado. 

Las mujeres cuentan a la funcionaria cómo se organizaron en la Colonia 7 de Agosto para dar continuidad al comedor comunitario “El Pescador”, un proyecto que funciona desde hace tres meses. De manera adicional a la comida diaria, una vez al mes se entrega a los adultos mayores una despensa con productos de Diconsa y Liconsa, como arroz, frijol, aceite, pasta, ensalada de verduras, atún, avena, soya, leche, azúcar, galletas y lentejas, entre otros. 

La brújula y el ancla

Manuel se pone de pie de una de las mesas cercanas a la cocina. Está nervioso, emocionado. Frota sus manos dejando ver los nudos del tiempo en sus dedos; se acomoda los lentes de gota con marco de plástico y alisa su pelo, corto pero desordenado. Sonríe dejando ver sus dientes incompletos y grandes.

Quiere contar tantas cosas sobre el mar a la secretaria. Saca de la bolsa de su pantalón azul a rayas, una cajita negra donde lleva una brújula pequeña y un ancla, insignia que le regaló el “Negro” Sansores, quien fuera gobernador del estado. 

-Él mismo me la puso. Me mandó a buscar mientras estaba pescando camarón y me llevó hasta donde estaba la gente importante. Pero de eso ya pasó mucho tiempo. Ya el “Negro” es difunto y para allá vamos todos- dice orgulloso, con una sonrisa suave, apenas dibujada, apacible como la puesta de sol en el malecón. 

Toma la brújula y con sumo cuidado la deposita en la mano de la secretaria Robles Berlanga. Tiene el tamaño de una moneda de 50 centavos. Se la comparte. Son los cuatro puntos cardinales, aunque al marinero siempre le interesa ir al Norte.

-El tiempo es implacable, pero te enseña de la vida. Y al final se conoce. Yo veo las estrellas y me dicen qué viento viene, a qué hora y cuándo… Vea usted, señala con el índice: aquí está el norte. A mí me da igual, pero para el que no sabe del mar, ésta es su única orientación. Si me pierdo, espero la noche para que la estrella del norte me diga qué camino seguir, para dónde debo remar. Si es de día, el sol es la referencia. El sol no sale por cualquier lado. ¿Dónde queda Campeche? Al sureste, entonces busco el sureste…

Manuel se acerca a la mesita donde hay dos barcos camaroneros a escala. Son de madera y los hizo con sus manos. Eso hace en sus ratos libres, que ahora son muchos. En su casa tiene otros siete, entre ellos una réplica del barco que salió de Alvarado, dio la vuelta al mundo y llegó a China. 

Entrega un barco a la titular de la Sedesol, el “Rosario I”, pintado en blanco, con filos en rojo y verde bandera. La secretaria lo levanta para enseñarlo a todos los adultos mayores, quienes aplauden el gesto de Manuel. 

“Es un recuerdo de la gente grande de Campeche, de los pescadores…”, le dice a la funcionaria.

El comedor comunitario “El Pescador”, instalado en el marco de la Cruzada Nacional Contra el Hambre en la ciudad de Campeche, y cuyo modelo se aplica en todas las entidades del país, es un lugar de encuentro, donde se brinda una vida digna a los adultos mayores. Aquí todos se reconocen, se ayudan, porque tienen necesidad.

-En este comedor todos somos compañeros; la necesidad que tienes, la tengo yo. ¿Por qué vienes? Porque tienes hambre. La misma necesidad que tienes, la tengo yo. Y aquí te regalan comida caliente. La necesidad nos trae aquí. Yo vivo solo, aunque tengo tres hijos. Ellos ya hicieron su familia y a veces me llevan comida, pero no es lo mismo comer sólo.

Aquí, en el comedor comunitario, me llevan y me traen, siempre me corren la atención: “Don Manuelito, me dicen, y yo se los agradezco, y me sientan a la mesa; ahí me sirven y me atienden. Aquí no sufro, tengo muchos amigos. Aquí nos acompañamos, platicamos, somos pescadores; viejos, como yo, pero pescadores. Hablamos de todo, al fin y al cabo lo que nos sobra es tiempo. Hablamos de cuando estábamos muchachos, de los vecinos, de las novias que tuvimos, de otros años, pero sobre todo de lo que ha sido nuestra vida: el mar.

-¿Todavía va al mar?- pregunta la secretaria Robles Berlanga. 

-Sí, secretaria, pero solamente a verlo. Es como una novia para nosotros; como un gran amor al que nunca se deja de querer. El mar lo es todo. Aunque desde hace 30 años ya no he ido a pescar, ya no he ido a altamar, puedo decirle con orgullo que el mar es mi vida. Mi vida ha sido larga y tengo tantos recuerdos, pero cuando venga otra vez le sigo contando.

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