Señor Presidente:

Me va a perdonar, yo ni siquiera uso corbata. Estoy medio cohibido con esto.

Don Enrique:

Estamos por una para salir. Cuando empiezan estas cosas es porque te falta poco.

Yo le tengo que agradecer a México.

Me tocó ser muchacho en aquellos tiempos cuando cantaba Jorge Negrete y llegaban aquellas matinés interminables y el cine mexicano llegaba al Río de La Plata, con su color, con su fuerza.

Después, empezábamos a despertar y sabíamos de los dolores de la República española y lo que significó México.

Después, andando y andando en la historia de nuestra América, cuántos latinoamericanos perseguidos, recalaron bajo el pabellón mexicano.

Cuánta gente del mundo, exiliados, recogió México.

Y fuimos construyendo una imagen, una historia, de ese país peculiar que nos había llegado por Jorge Negrete y por Cantinflas, ese fenómeno de la comunicación de nuestra juventud.

Hoy, sabemos que pertenecemos a una nación que no ha podido construir todavía, y que yo no veré, y que se asoma tarde en sus estertores a un mundo que se está aglutinando en grandes unidades, en el marco de una civilización que le da al hombre medios inconmensurables como jamás ha tenido en la historia de la tierra.

Nunca el hombre ha tenido tanto, nunca han sido tantas las posibilidades de erradicar la pobreza, la miseria, de prolongar la vida, de defender a la naturaleza.

Nunca el hombre acumuló tanto conocimiento, pero el hombre no puede gobernarse a sí mismo, todavía.

Sigue pensando en letra chica, y los gobiernos, nosotros, cada cual preocupado en su presupuesto, en su aventura, en sus desafíos y todos son válidos, pero hay una agenda estridente de problemas mundiales, que ningún país puede arreglar sólo, ni ningún estadista, y que está determinando cada día que pasa, la vida, muy lejos de la voluntad real que pueden ejercer los gobiernos.

El mundo se aprieta, las fuerzas de la producción se han multiplicado.

Estamos en el marco de una civilización de carácter avasallante, que ha traído y ha despertado todos estos formidables poderes, pero tienen la capacidad de autodestruirnos.

Tal vez nunca los hombres han tenido tanto; tal vez nunca ha habido tanta gente infeliz en la soledad multitudinaria de nuestras grandes megalópolis; con una falta de cariño elemental, con una enorme soledad en el medio de la multitud.

Lo bueno no viene sólo con lo bueno. Lo bueno viene entreverado con otros desafíos.

Le está llegando a la humanidad esta hora, no puede dejar de pensar en espacios chicos, en país, en localidad, porque esas son las fronteras humanas del hombre.

Pero a gritos necesitamos pensar en especie, cuál es el destino de la especie humana arriba de la Tierra; a dónde vamos, hacia dónde convergemos; cuál es el papel de este animalito arriba de la Tierra.

Como decía, creo que Franklin, animal constructor de herramienta, que por construir herramienta supo multiplicar la fuerza de trabajo y acumular el trabajo de otro.

Pero en la misma manera que multiplicaba herramientas, multiplicó armas, y al multiplicar armas pudo someter a hombres, y pudo inventar la esclavitud y las otras formas; y siguió creciendo, y siguió colonizando, y ha venido colonizando todo este planeta.

Y a dónde vamos.

A dónde va nuestra humanidad dentro de 200, 300 años cuando se tenga que preocupar del Helio 3 y cosas por el estilo, porque todo es posible para el talento humano, siempre y cuando tenga capacidad de autogobernarse como especie.

Por eso, yo le agradezco, le agradezco de corazón este homenaje y esta medalla que en realidad es un regalo a mi pueblo.

No puedo ser otra cosa que hijo de la peripecia de mi pueblo. Nacido en una esquina del sur, pequeña, coqueta, penillanura.

Nada es exagerado, ni siquiera la maternidad. Y por eso somos pocos, exquisitamente pocos.

Por eso, gracias señor Presidente.

Me siento un amigo de corazón de México. Por razones culturales, por los compatriotas en el exilio recalaron allí, algunos compañeros de mi alma, otros compatriotas todos.

Sé lo que ha significado el pan, el albergue, el cariño y el respeto que sembró México por todas partes.

El mundo se está apretando y tendremos que andar cada vez más cerca, inequívocamente.

Los latinoamericanos llegamos tarde a la hora de esta civilización occidental no muy cristiana; formidablemente agresiva, la que vuelvo a repetir casi abandonó el colonialismo y lo sustituyó con el bolso de compra y el (inaudible) como modo universal.

Para qué colonialismo si estamos recontra colonizados en nuestra manera y afán de comprar y morimos mirando la vidriera y consagrados por las tarjetas.

Para qué.

Si nos sujetamos solos, salvo que seamos capaces de construir cultura, libertad y fraternidad frente al egoísmo.

Un abrazo a todos, a todos los que están acá, a los cubanos, a los mexicanos, a mis compatriotas.

A todos mis compatriotas en el sentido amplio.

Gracias.