Ciudadano Presidente de la República; ciudadanos Presidentes de las Cámaras de Diputados y de Senadores del Honorable Congreso de la Unión; ciudadano Ministro representante de la Suprema Corte de Justicia de la Nación.

Familiares del Presidente Madero; compañeros servidores públicos; señoras y señores:

Rendir hoy homenaje a Francisco I. Madero y a José María Pino Suárez, nos sirve para aprovechar la historia, pero no para quedarnos en ella. Nos es útil para escuchar el silencio del pasado y para no renunciar a un impulso adquirido a base de experiencias.

Los juicios que se han formulado sobre la Revolución que Madero iniciara son muy variados, aún ahora. Algunos la han declarado prematuramente frustrada, otros la conciben actual y viva, pero inconclusa. No pocos la sienten traicionada o totalmente muerta; y hay quienes la califican como fecunda o estéril, intacta, sabiamente adaptada o caprichosamente rectificada, aún en contra de sus propósitos originales.

La llegada de Porfirio Díaz al poder, no sólo marca una etapa de nuestra historia, sino introduce una estrategia que sofocará, durante muchos años, revueltas y cuartelazos, dando estabilidad al Gobierno. La estrategia de la simulación.

Díaz aglutina, corrompe o reprime simulando, pretendiendo ser el heredero de los liberales, les erige estatuas, inscribe sus fastos en el calendario cívico, publica sus textos, mantiene sus leyes, pero socaba implacablemente su obra.

Al término de la Dictadura, nada parece haber cambiado, pero en realidad nada es igual en comparación con la restauración de la República de Juárez y de Lerdo. Los advenedizos de Tuxtepec, como fueron llamados, lograron el poder e hicieron más, lo conservaron.

La paz que impusieron, ya fuera matando en caliente o cediendo principios, ciertamente, aquietó, pero al hacerlo, expropió las libertades públicas.

Para Díaz, el progreso era incompatible con el debate o la polémica. Había que suprimir la política a toda costa por onerosa, para dar paso a la administración pura, cuyos rendimientos no exigen respeto absoluto ni capacidad de asimilación frente a los argumentos de quienes disienten.

Paradójicamente, a pesar del cuidado que se puso en mantener ausente a la política, cuando hicieron crisis todos los problemas del porfiriato se agudizaron y se expresaron en el campo de la política, porque a fin de cuentas, que en ella se concentran o resumen todas las actividades del hombre.

Durante los interminables 30 años de la Dictadura, la política miró calladamente el encasillamiento de los peones, el descontento de los obreros, la anemia sin esperanza de las clases medias, la extinción paulatina, pero constante de las comunidades locales, el desarrollo periférico y subordinado de la educación y la cultura a los valores del régimen y la consolidación de oligarquías que si no se hicieron hereditarias gracias a los liberales de la Reforma, sí comenzaron a ser vitalicias gracias a los administradores de don Porfirio.

Cuando todas esas contradicciones quisieron expresarse, la política les dio voz, la voz de Madero. Un ingenuo, habría dicho el abuelo Evaristo de su nieto Francisco, un idealista sin programa, un revolucionario sin método, un profeta sin credenciales.

Su propio libro era objeto de críticas que lo ofrecían como la copia del que en 1876 publicara José María Iglesias, con el título de La Cuestión Presidencial.

Había, sin embargo, en Madero un tinte original y firme. Era la voz de los agraviados. Era la voz de los que estaban contra un mundo oficial que no coincidía con el mundo real. Era la voz del reclamo, la del ajuste de cuentas después de acumulados atropellos, la que demandaba el fin de la Dictadura y el tratamiento de todos los males sociales con la misma medicina, la democracia.

Así estalló la Revolución, con un idealista gigante y 20 hombres levantados en la frontera. Ellos iniciaron un torbellino sangriento, largo y, a veces, contradictorio, pero, al final, lleno de frutos para la Patria.

El héroe de la Revolución no alcanzó a ver esos frutos. Dos errores cruciales propiciaron su derrumbe: licenciar a las leales tropas revolucionarias y pactar con la Dictadura en la Presidencia interina de León de la Barra.

Madero luchó por emanciparnos del poder y luego, dramáticamente, tuvo que ejercerlo. Y, al hacerlo, no renunció a sus convicciones, prefirió, como él mismo dijo, hundirse con la ley, antes que salvarse sin ella.

Sin embargo, los 15 meses del Gobierno de Madero son, como dice Krauze, el evangelio democrático, la Ley Electoral, la creación de la Casa del Obrero Mundial, la de la Comisión Nacional Agraria, la legalización de las libertades sindicales y de huelga, la reorganización del crédito al campo, la iniciación de los trabajos de las primeras carreteras, son testimonio de un Gobierno diferente, pero acechado, siempre, a cada instante, por una nueva vorágine de sangre para extinguirlo.

Hay, sin embargo, en el Gobierno de Madero, una tarea superior a todas que destaca sobre las demás: La educación.

Sobre ella, había escrito, en 1908, que era la base de todo progreso y de todo adelanto. Desde el inicio de la lucha armada, jóvenes estudiantes de la Escuela Nacional de Jurisprudencia y, luego, de otros planteles, vieron en Madero al líder que dejaría de lado el positivismo aburguesante y reencontraría la nueva pedagogía social contemporánea.

En aquel grupo, el Ateneo, estarían Antonio Caso, Pedro Enríquez Ureña, Alfonso Reyes, José Vasconcelos, Mediz Bolio, Martín Luis Guzmán, Enrique González Martínez y, como residente externo, Diego Rivera.

No hay revolución política sin revolución educativa. Y ambas, fueron hechas por Madero. Creó las primeras escuelas rurales de México, comedores escolares que alimentaban dos veces al día a cinco mil 800 infantes, estableció dos escuelas de agricultura en el Norte del país, reglamentó los planteles nocturnos, generó casas para estudiantes, hizo posible la ampliación de la educación superior y el apoyo a la cultura, a la educación indígena y la reforma de los planes de estudio de la Escuela Nacional Preparatoria.

Auspició el Congreso Nacional de Maestros de Educación Primaria para dotarlos de mejores salarios, de mejores condiciones de trabajo y de mayor calidad profesional y trabajó al lado de los maestros, porque sabía que sólo con ellos, podía llevar a cabo su Reforma Educativa.

Ningún Gobierno anterior le dio a la educación un grado tan eminente y, es que él sabía que el viejo instinto de reclamar sangre no estaba vencido y confiaba en que para aplastarlo, la escuela era la única garantía.

A pesar de todo ello, el 9 de febrero de 1913, estalló la conspiración. Su jefe íntimo fue el mismo general que profería a Don Francisco en una carta de octubre de 1911, juramentos de lealtad y, más aún, que le pedía que lo retirara definitivamente para seguir sirviendo a los suyos como simple ciudadano. La trama y el argumento que siguen usando aquellos que nunca quieren mostrar su verdadera cara.

Apresados 10 días más tarde, el Presidente y el Vicepresidente legítimos renunciaron bajo coacción a sus cargos y tras tres días de encierro, fueron despertados en su celda de Palacio Nacional, dizque para trasladarlos a Cuba, como lo había pedido el generoso Embajador de aquel país, Márquez Sterling.

Márquez Sterling escribiría después: Apoyaron a Huerta los pudientes, los devotos de los métodos brutales, los ansiosos de sojuzgar bajo el sable de un cacique, los que tenían miedo a la Revolución y los que tenían miedo a Huerta.

Los reos fueron encaminados por la Calle de Moneda y después de pasar por la Iglesia de La Santísima, salieron por el Este de la ciudad hasta la Penitenciaria de Lecumberri. Las órdenes del usurpador eran las de simular un ataque al convoy para luego asesinar a los presos. Volvía a estar cumpliéndose la Ley Fuga.

Pero los supuestos atacantes no llegaron, y los guardias de la comitiva tuvieron que pasar de frente de la cárcel para llegar a la parte trasera y asesinar ahí a Madero y a Pino Suárez. Cuarenta minutos después de la media noche, Huerta reunió a su gabinete y les narró la mentira del ataque, con ese doble lenguaje que es propio de quienes no han asumido un cargo legítimamente, sino que fueron impuestos por la fuerza.

Unas semanas después, en el periódico cotidiano de La Habana, otro ateneísta entrañable, el Diputado Isidro Fabela, publicaba un artículo: El Apóstol Madero. En él narraba que don Francisco no había sido un ingenuo, sino como todos los alucinados, como todos los videntes, como todos los apóstoles, admirado y escarnecido, bendecido y burlado, odiado hasta la muerte y glorificado hasta la inmortalidad. Era, decía Fabela, un santo laico. Nació para ser símbolo y por eso fue muerto en la escala del martirio.

Al Apóstol Madero le rinde hoy homenaje la República. Su Presidente Enrique Peña Nieto quiere como Madero, un México en paz, incluyente, próspero y con responsabilidad global, pero transformado por el único proceso de cambio social, contundente: el de la educación de calidad para todos.

Muchas gracias.