Agradezco, señor Presidente la gentileza de haber querido ofrecer este encuentro, expresión de los sentimientos de amistad de México con la Santa Sede.

Y le agradezco, también, las palabras que acaba, amablemente, de pronunciar hace poco hacia el Santo Padre y hacia mi persona.

Como tuve oportunidad de decir antes, en varias ocasiones, empezando por ayer, estoy muy contento de encontrarme nuevamente en este país, transcurrido casi un año y medio de mi última visita. En efecto siendo Nuncio Apostólico en Venezuela vine a saludarle en viaje extraordinario de misión especial para asistir a su Toma de Posesión, y tuvimos oportunidad de saludarnos, por lo menos (inaudible) de Relaciones Exteriores. Y después, tuvimos la ocasión de compartir el pan, más recientemente, en la Visita que usted hizo a la Santa Sede.

El motivo de mi presencia ante ustedes hoy, es la apertura del coloquio México-Santa Sede sobre movilidad humana y desarrollo.

Me invitó el señor Secretario de Relaciones Exteriores durante su visita al Vaticano el pasado 13 de diciembre.

Invitación que con gusto acepté, no sólo para tener la oportunidad de volver a México, sino también, para subrayar la importancia que la Santa Sede da al tema de la inmigración, desafío tremendo al que actualmente se enfrenta toda la familia humana.

La Santa Sede aprecia los esfuerzos de México al respecto, tanto a nivel de política nacional como internacional.

Me refiero, entre otras cosas, a las reformas sobre la inmigración aprobada en el 2011, cuyos principios inspiradores han sido valorados por muchas partes en cuanto favorecen los derechos del migrante.

Estos mismos principios están orientando la acción de su Gobierno, también en los foros internacionales.

Quisiera asegurar que la Iglesia, según la misión que le es propia, apoyará siempre las políticas que van en la dirección del respeto, de la dignidad de la persona humana y de sus derechos fundamentales.

Desde el punto de vista, específicamente pastoral, deseo expresar a la Iglesia de México la gratitud del Santo Padre y de la Santa Sede, en general, por todo lo que a través de sus numerosos centros de acogida, hace en favor de los emigrantes.

El servicio que la Iglesia lleva a cabo para responder a las necesidades de los emigrantes, es la confirmación de la acción del buen samaritano.

Señor Presidente:

En ocasión de este almuerzo deseo, si me lo permite, dirigir a través de su persona un cordial saludo a todo el querido pueblo mexicano; y a todos aquellos que cubren diversas responsabilidades del Gobierno de la Nación; agradeciéndole la acogida y los amables gestos reservados a mi persona durante estos días de permanencia en la Ciudad de México, de los que, ciertamente, me llevaré nuevos y gratos recuerdos.

Le agradezco su deferente gesto de concederme la condecoración del Águila Azteca.

La Biblia canta en muchos de sus textos el vigor y la velocidad del Águila. El profeta Isaías dice que aquellos que esperan en Dios, él les renovará el vigor, subirá con alas como el águila, correrán sin fatigarse y andarán sin cansarse, ojalá que ojalá que sea así, también.

Al transmitirle la cercanía y el afecto del Papa Francisco, alzo mi copa para brindar por usted, señor Presidente, y por la noble Nación mexicana.

Quisiera, también. Le aseguro primero, que voy a transmitir al Santo Padre los sentimientos de respeto, de cariño, de afecto que me ha manifestado en nombre suyo, y en nombre de todo El Vaticano.

Y si me permite, también, (inaudible)