Señor Presidente de los Estados Unidos Mexicanos, Enrique Peña Nieto.

Señora Angélica Rivera de Peña.

Señor Gobernador Constitucional del Estado de Zacatecas.

Señor Secretario de Relaciones Exteriores, canciller.

Señor Ministro de Asuntos Exteriores y de Cooperación.

Señor Presidente de CONACULTA.

Señora Secretaria de Turismo.

Embajadora de los Estados Unidos Mexicanos en España y embajador de España en México.

Presidente Municipal  de Zacatecas.

Presidente de El Colegio de México y Presidente del Real Instituto Elcano, que nos han dirigido la palabra, también.

Don Manuel Felguérez, que nos recibe hoy aquí, en este museo.

Autoridades.

Señoras y señores:

En esta última etapa de nuestra Visita de Estado a México, os agradecemos muy especialmente la invitación personal a esta hermosa ciudad y Estado de Zacatecas, en la que, en 1997, como se ha recordado, se celebró el primer Congreso Internacional de la Lengua Española.

Aquella gran cita contó con el impulso claro y firme de nuestras dos naciones.

La lengua es, como hemos tenido ocasión de recordar de manera reiterada y como debemos reivindicar, un patrimonio común de nuestros países y de una comunidad de naciones, que tiene en ella una extraordinaria seña de identidad y una poderosísima herramienta de proyección internacional.

Junto a ese patrimonio invalorable, que es el idioma, México y España poseen también un inmenso patrimonio histórico-cultural, como también se ha puesto de manifiesto.

Y Zacatecas es, sin duda, un ejemplo privilegiado de esta herencia común, como hemos apreciado en forma tan clara en el extraordinario Museo Virreinal de Guadalupe.

Patrimonio Cultural de la Humanidad, Zacatecas alberga tesoros, como este Museo Felguérez, como el Museo Rafael Coronel, o como otras joyas que no hacen, sino recordarnos una historia compartida que se respira en sus calles y monumentos, y que permite comprender la cercanía de nuestros pueblos.

No cabe duda de que Zacatecas es un ejemplo de las posibilidades y del alcance de la recuperación del patrimonio histórico, como nos ha recordado la señora Secretaria de Turismo.

Y también de su combinación con la promoción del arte contemporáneo y de las manifestaciones más modernas y vanguardistas de la vitalidad creativa mexicana e internacionales.

Zacatecas ha tenido, además, un significado especial, no sólo en nuestra historia, sino también en la de toda de América.

Su ubicación septentrional la configuraba como la puerta hacia el Norte; el Camino Real de Tierra Adentro, como se llamó, también Patrimonio de la Humanidad, tuvo aquí un importante punto de apertura y de desarrollo.

Unió, a lo largo de sus dos mil 560 kilómetros, la Ciudad de México con la Ciudad de Santa Fe, en el Estado de Nuevo México de los Estados Unidos de Norteamérica.

Y subraya el carácter Meso y Norteamericano de un México, también Iberoamericano, que con esta ruta fue decisivo en el desarrollo del Norte y del Sur de los dos países, hoy vecinos.

También hoy, juntos, mexicanos y españoles hemos reflexionado sobre nuestro pasado, nuestro presente y nuestro futuro compartido.

Buen exponente de ello ha sido el excelente coloquio realizado esta mañana por instituciones tan señeras, como la Academia Mexicana de la Lengua, El Colegio de México y el Real Instituto Elcano de Estudios Internacionales y Estratégicos, actividad que quiero destacar por su pertinencia y su calidad.

Tendremos mucho interés en conocer más en detalle y con más justicia, respecto a la duración de sus exposiciones para apreciar el trabajo que han hecho esta mañana, y se lo agradecemos especialmente.

Y agradecemos, igualmente, al señor Gobernador del estado y al Alcalde de la Ciudad de Zacatecas, así como, también, en Guadalupe, y a todos los habitantes de este estado y de la ciudad, el caluroso recibimiento que nos han dispensado en el lugar donde, obligadamente, terminan en estos tres días de intenso trabajo, en este magnífico país.

Y Gobernador, gracias por recibirnos con esa manifestación tan genuina, con La marcha de Zacatecas, fue un detalle.

Muchas gracias.

Señor Presidente:

Decía Salvador de Madariaga que para los españoles América es una emoción.

Y ese es el sentimiento que me invade en la última ocasión en la que voy a dirigirme públicamente a usted, a su esposa y a todos los presentes en esta visita, y a través de ustedes al querido pueblo mexicano.

Hemos vivido tres días, efectivamente, intensos, también provechosos y apasionantes.

Tres días que nos han permitido conocernos más, comprendernos mejor, a través de la historia, la lengua, la cultura; en los que hemos reforzado nuestros lazos económicos y empresariales.

Han sido tres días, durante los cuales hemos ampliado nuestros horizontes, horizontes comunes, nuestros compromisos para el futuro y para el nuevo mundo que ahora vivimos.

No es mucho tiempo y, sin duda, México requiere y merece mucho más para disfrutar de su grandeza, su diversidad y su generosidad tan rotunda.

Como tampoco dudo de que en estos tres días hayamos dado, señor Presidente, un impulso extraordinario a las relaciones de México y España.

Pero, sobre todo, y lo que es más importante, hemos acercado mucho más a mexicanos y españoles. Hemos aproximado mucho más a dos pueblos hermanos, que se admiran, se respetan y se quieren.

Y al terminar esta Visita de Estado, señor Presidente, la Reina y yo queremos agradecerles a vuestra excelencia, a la Primera Dama y a todos los que nos han acompañado y han hecho lo posible, el trabajo duro, esforzado para que todo salga perfectamente, ese afecto tan extraordinario que nos han mostrado; cariño profundo, con el que nos han acogido durante el viaje y la amistad sincera que nos han dispensado.

Quiero que sepa que son sentimientos recíprocos.

Por eso ahora, cuando llega el momento de regresar a España, se me hace difícil expresar con palabras la emoción que sentimos la Reina y yo al despedirnos de México.

Podría decirles que nos llevamos muy adentro su cercanía, que les damos millones de gracias por su amabilidad y generosidad durante estos días, que esta visita será, para la Reina y para mí, inolvidable y quedará siempre en nuestra memoria.

Todo ello es cierto, sin duda, pero no sería suficiente, ni tampoco respondería realmente a lo que sentimos.

Y es que nos cuesta mucho decir: adiós, a México, decirles: adiós, a los mexicanos. Y por eso sólo se me ocurre, señor Presidente, pedirle un último favor, que nos permita, a la Reina y a mí, dejarles un pedacito de nuestro corazón aquí, en tierra mexicana.

Hasta siempre, hasta pronto México.

Muchas gracias.