El niño y el adolescente entran a la escuela con su sociabilidad, rivalidades y modos de resolver las dificultades ya aprendidos en la familia y el barrio. La escuela, al hablar de prevenir las conductas violentas, parece muchas veces hacer mención a la única estrategia de intentar controlarla. Pero, ¿debe la escuela resignarse solamente a “atajarla” para poder desarrollar su propuesta educativa, o acepta el desafío de ofrecer una propuesta formativa superadora? 

Hoy sabemos que la conducta interpersonal se desarrolla y se aprende y que mientras más temprano se inicien los procesos de enseñanza-aprendizaje de las habilidades sociales, mejores serán los resultados. Los distintos estudios nos muestran también como las limitaciones en el desarrollo emocional-social generan diversos riesgos, entre los que se encuentran la desadaptación, el abandono escolar, el bajo rendimiento, las conductas violentas y otras dificultades escolares. 

Desde el momento en que hablamos de una función social de la escuela que responda a la nueva realidad de nuestras comunidades, estas deberían estar preparadas también para desarrollar las habilidades sociales y emocionales en los alumnos como una estrategia para prevenir el aprendizaje de futuras conductas violentas y su desaprendizaje en el caso de ya presentarlas. Pero la realidad, al parecer, es que no se pensó inicialmente en la necesidad de desarrollar la “competencia social”, y por lo tanto es lógico que no exista un espacio y un tiempo concreto para ella. 

El fenómeno de la violencia es multicausal y por este motivo, insistimos en que la escuela no puede sola hacerse cargo de la doble tarea preventivo-formativa. Las intervenciones a nivel individual no serán efectivas si no se toman en cuenta todos los escenarios en que nuestros hijos y alumnos “aprenden la violencia”. Es por ello que se debe promover el desarrollo social de niños y grupos de alto riesgo, así como la prevención de la 

violencia dentro del ámbito familiar, desarrollando aquellas habilidades que les permitan querer y saber vivir juntos en paz. 

 

Nuevo estudiante, otra educación 

Frente a la nueva lectura que hacemos de la sociedad, todos deseamos que se produzca un cambio en las actitudes humanas que sirva para configurar una mejor civilización. El sistema educativo tiene la potencialidad de modificar los valores culturales que promueven la utilización de la violencia, pero continuamos haciendo las mismas cosas y seguimos esperando un cambio. No enfrentar hoy esta realidad como un reto educativo impostergable, puede significar que muchos de los próximos ciudadanos sean caracterizados como incompetentes o analfabetos emocionales y sociales. 

El perfil del nuevo ciudadano del siglo XXI debe ser el de una persona con capacidad para adaptarse a grandes cambios, autónomo pero no individualista, con espíritu cooperativo, defensor de una pluralidad de valores y de opciones morales. Con un pensamiento abierto que le permita comprender la complejidad del mundo y habilidades para entender, aceptar y vivir con sí mismo y con los demás. 

Los responsables de las políticas públicas, deben conocer tanto los costos socioeconómicos generados por la violencia y el incremento de la violencia familiar y social, como su evolución a través del tiempo. Las acciones deberían estar orientadas a los diversos factores que contribuyen al problema. Sigue siendo un error responsabilizar a un solo sector como encargado de solucionar dichos problemas 

Las medidas preventivas pueden reducir los factores de riesgo, aumentar los factores de protección y tratar los factores determinantes de la violencia. Es por esto que muchos continuamos creyendo que la educación es el camino más propicio para prevenir y desaprender las violencias porque, por inverosímil que hoy parezca para la sociedad, ante el enorme menoscabo que ha sufrido la escuela en las últimas décadas, todavía hay en ellas miles de educadores inquietos buscando a través de la formación de los niños un mejor futuro para nuestros pueblos. 

Mientras nuestros niños y jóvenes sigan siendo víctimas de la violencia, sea que participen en la misma o no, los adultos seremos responsables de la dimensión que alcance esta peligrosa y contagiosa y enfermedad. Que nuestro egoísmo no la convierta en pandemia. 

 

Alejandro Castro Santander[1]

[1] Docente, escritor e investigador. Psicopedagogo Institucional. Director General del Observatorio de la Convivencia Escolar (UCA), Cátedra UNESCO de Juventud, Educación y Sociedad (UCB, Brasil).

 

BIBLIOGRAFÍA 

CASTRO SANTANDER, A. (2004): Cuando prevenir la violencia no basta. Revista Iberoamericana de Educación. Número 33/7. OEI (ISSN: 1681-5653). 

⎯ : Desaprender la violencia. Un nuevo desafío educativo. Editorial Bonum, Buenos Aires. 

⎯ (2005): Analfabetismo emocional. Editorial Bonum, Buenos Aires. 

⎯ (2009): Un corazón descuidado. Sociedad, familia y violencia en la escuela. Editorial Bonum, Buenos Aires. 

CASTRO SANTANDER, A. y RETA BRAVO, C. (2014): Educar sin miedo. Editorial Bonum, Buenos Aires. 

⎯ (2016): Bienestar escolar. Calidad basada en la convivencia. Editorial Bonum, Buenos Aires. 

GOLEMAN, D. (1998): La práctica de la Inteligencia Emocional. Barcelona, Kairós. 

PUNSET, E. (2012): ¿Cómo educar las emociones?. Cuadernos Faros. Observatorio de salud de la infancia y la adolescencia. Barcelona.