Dos ofrendas mexicas de más de 500 años de antigüedad, compuestas por diversos materiales, entre ellos cráneos humanos y ollas polícromas, localizadas en las esquinas de la plataforma norte del Templo Mayor, dan muestra del culto a la tierra que tenía esta antigua civilización.

Ambas ofrendas fueron descubiertas en 1979 y 1980; para el arqueólogo Diego Jiménez Badilla, dichas oblaciones “fueron parte de un ritual en el que los tenochcas ‘devolvían fuerzas germinativas’ a la tierra, en retribución de las que recibían de ella en cada cosecha.

Estas oblaciones prehispánicas tienen una relación con la diosa Cihuacóatl-Quilaztli, deidad joven de la tierra y la fertilidad; así como el significado de cada uno de los elementos que integraban ambas ofrendas y su vinculación con el ciclo agrícola.

Jiménez Badilla supone que las ofrendas fueron un rito que recreaba metafóricamente la capacidad de la tierra para la germinación.

Fuente: INAH