Es innegable que la educación es la base sobre la cual descansa el avance de la humanidad, es un medio para el progreso hacia un mundo más justo e inclusivo, una herramienta para concretar la aspiración a una convivencia pacífica y armónica que permita desarrollar personas más responsables, consientes y comprometidas con los demás.

Conceptualizar que el fin de la escuela es que nuestros niños y jóvenes acudan a la misma únicamente para recibir una serie de conocimientos sería una forma reduccionista de visualizarla. Ya en el informe Delors se plantean cuatro aprendizajes fundamentales como los pilares sobre los que descansa  la educación: aprender a conocer, aprender a hacer, aprender a ser y aprender a convivir.[1]

La enseñanza escolar se enfoca principalmente sobre el aprender a conocer y, en menor medida, en el aprender a hacer. Las otras dos formas de aprendizajes están condicionadas la mayor parte de las veces a las dos primeras, siendo que deberían de tener un valor equivalente, ya que se desea que el alumno se forme como una persona integral, tanto en el plano cognitivo y práctico, como en el humano en tanto miembro activo de la sociedad.

Me gusta pensar en la escuela como un espacio donde se pueden practicar situaciones  del mundo real. Un lugar en el cual los alumnos tienen la oportunidad de probarse a sí mismos en diferentes experiencias que les permitan experimentar el error y aprender del mismo, para que a partir de éste se generen aprendizajes significativos no sólo en el plano cognitivo, sino también en el actitudinal.

Hablar de la escuela como un “simulacro para la vida” nos invita a tomar de ella todo lo que nos sea útil para la obtención de una mejora personal y social dentro y fuera de la institución resignificando así al aprendizaje  como el centro de todo.

En este punto, la labor docente cobra más fuerza que nunca y no puede ser sustituida por algún medio; (virtual). El maestro es un formador necesario y es dentro de este ejercicio, que debe estar atento, con todos sus sentidos abiertos, monitoreando constantemente las actitudes de sus alumnos, detectando situaciones que pudieran ser consideradas como focos de riesgo para los jóvenes, capturándolas y  trasladándolas al centro del aula como áreas de oportunidad.

Pues sin duda reconocer la violencia en nuestro contexto nos exige  dejar de evadir,  para lo cual la labor del docente es un importante apoyo que de ser bien ejecutado ayudará a las y los alumnos a desplegar todo su potencial, asumir responsabilidades, fomentando que sean proactivos, que basen sus decisiones en principios de justicia, empatía y respeto mediante los que se alcance el bien común y así educar para la paz.

En contraposición a lo antes mencionado recordemos que el “[…] acoso escolar es una forma de violencia donde de manera constante y repetida se agrede a quienes están en posición de  desventaja e inferioridad y no se pueden defender de manera efectiva y se encuentran en desventaja”[2]. Si estamos atentos a los focos rojos, intervenimos a tiempo y desarrollamos los principios anteriores en nuestros alumnos, estaremos blindándolos para que se puedan desenvolver armónicamente, no sólo en la escuela sino, en un futuro cercano, como profesionistas, esposos, padres; es decir, como ejemplares ciudadanas y ciudadanos de este mundo.

 

Ing. Nadine Duque Lichtszaju

Especialista en Educación. Directora de Secundaria y Preparatoria Escuela Yavne.

 

[1] DELORS, J. et.al. (1996). La educación encierra un tesoro. Madrid: Santillana. Ediciones UNESCO.

[2]  “ACOSO”. Recuperado de http://acosoescolar.sep.gob.mx/es/acosoescolar/familia [07/03/17, 21:30 hrs.].